La lucha de Hitler

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Descripción

JOSEPH GOEBBELS nació en Rheydt (Renania) el 7 de octubre de 1897. Cursó estudios superiores en las universidades de Bonn, Friburgo, Wurburg, Munich, Heidelberg, Colonia y Berlín, en Filología, Historia del Arte y Literatura. En 1920 se doctoró en Filosofía en la Universidad de Heidelberg. En 1922 se afilió al partido nacionalsocialista ocupando inmediatamente cargos de gran responsabilidad y siendo encargado de conquistar el «Berlín rojo». Su labor como orador y articulista fue excepcional, quedándole además tiempo para escribir diariamente varias páginas de su diario. De su inmensa producción literaria se han editado en español los siguientes libros o trabajos extensos: «El Comunismo sin careta», «El Bolchevismo en la teoría y en la práctica», «La lucha por Berlín», «La Lucha por el Poder», (escritos y discursos) » La Guerra Total» y «Michael» (novela). El presente libro es la traducción de la obra «Vom Kaiserhof zur Reichskanzlei» (Del Kaiserhof a la Cancillería), a la que se ha cambiado el título pues el original sería confuso al lector español. Dicho libro es un resumen del «Diario» de Goebbels durante los meses anteriores a la toma del poder por el nacionalsocialismo. Fue uno de los hombres decisivos del III Reich y como Jefe del Ministerio de Propaganda influyó poderosamente en el arte en todas sus facetas. Se suicidó en unión de su esposa y sus cinco hijas el 1 de mayo de 1945.

PREFACIO

Los cambios históricos que, comenzando con el 30 de enero de 1933, se han realizado a partir de entonces, visibles a todos, en la vida pública del Reich, son de una significación y alcance cuyas dimensiones por el momento son aún completamente inimaginables. Con toda razón este proceso lleva el nombre de Revolución Alemana; porque se trata en efecto de una revolución de todos los valores, de la caída de un mundo de pensamientos que hasta entonces fue aceptado como dado, lógico y natural e inalterable por todo el pueblo alemán. Este proceso se realizó en medio de una actividad que cortaba el aliento, y con un ritmo al que hasta entonces, por lo menos en cosas políticas, en Alemania no se estaba acostumbrado. Sus resultados colocaron la vida económica, cultural y política de la Nación sobre una base enteramente nueva. No sólo se trató de que el mundo espiritual imperante desde 1918 —completamente extraño al ser alemán— hubiese encontrado su relevo; también sus portadores y en ese ámbito tanto las personas como los partidos, tuvieron que evacuar el campo de la actividad pública y dejar libre el lugar a nuevos seres humanos y nuevas ideas.

Reside seguramente en el ritmo con el que se realizó esta revolución y en la lógica naturalidad con que fue llevada a cabo, o por lo menos aceptada por las anchas masas del pueblo, que sus resultados se han incorporado hoy como realidades firmes al campo de las manifestaciones, y que nadie en Alemania osa dudar en lo más mínimo de que se han vuelto inmutables para siempre. Esta circunstancia tiene su faceta de luz y su faceta de sombra. A aquéllas pertenece la firme estabilidad de la vida económica y política, que después de llevada a cabo la revolución se ha desarrollado paulatinamente y sin excepción en todas partes en Alemania. La crisis latente que desde hacía años pesaba sobre Alemania y que tuvo su causa en el desequilibrio de la relación de fuerzas, está totalmente superada. El Gobierno está nuevamente como fuerte centro de voluntad a la cabeza del país, y de él parten las corrientes de nuevas energías y nuevas decisiones a través de las masas populares hasta el último hombre de la última aldea. La lógica naturalidad, empero, con que estos hechos son aceptados, seduce a veces al contemporáneo, que estando colocado dentro de las cosas, muchas veces pierde la visión general y la apreciación de la dimensión histórica respecto a ello, a llegar a ser presuntuoso y hasta injusto frente a toda la evolución. No se puede sino calificar esto de ingratitud; porque las cosas que a partir del 30 de enero de 1933 han sucedido en Alemania son efectivamente de alcance histórico y en su valor histórico sólo comparables con las magnas revoluciones que en siglos pasados conmocionaron la existencia de las naciones y colocaron la vida de los pueblos de cultura sobre una base totalmente nueva.

Ante el ritmo vertiginoso con que se realizó la Revolución alemana, el contemporáneo no pocas veces ha perdido la comprensión respecto a cómo en realidad suelen desarrollarse procesos históricos. Lo que ayer aún era paradójico, hoy hace tiempo ya que se ha hecho trivial, y lo que hace algunos meses pareció casi inconcebible y sencillamente imposible, se ha transformado propiamente en una lógica naturalidad, de la que nadie da ya importancia.

Precisamente aquéllos que en el curso de la Revolución a veces casi amenazaban perder el aliento, son también hoy nuevamente aquéllos a quienes nada les va suficientemente rápido. Por lo general han tenido muy poca participación en la preparación del proceso histórico de nuestra Revolución. Por lo tanto tampoco pueden emitir juicio sobre cuan difícil fue que todo se hiciera, qué sacrificios ingentes se requirieron para llegar adonde hoy estamos, y a qué grandes crisis y cargas la Revolución del Reich, aún cuando ya parecía asegurada, estuvo constantemente expuesta. Son los que por consiguiente tienen menos que nadie el derecho de emitir juicio valorativo sobre método y ritmo de la Revolución alemana, cuyo verdadero secreto escapa totalmente a sus ojos. Harían bien en arrodillarse en humildad ante su grandeza y ante su dimensión histórica y dar gracias al Cielo de que se haya hecho posible en un pueblo que por guerra y época de postguerra parecía estar enteramente extenuado, del que antes de la aparición del Movimiento nacionalsocialista todo el mundo creyó tener que admitir que para grandes rendimientos históricos carecía para todo el futuro del impulso, de la fuerza combativa y del cálido aliento; que por el contrario su historia había sido escrita definitivamente hasta el fin.

Entonces era difícil creer en el porvenir de nuestro país, y ciertamente se necesitaba una inmensa medida de idealismo, autoconfianza e inquebrantable sentimiento de fuerza para dar al pueblo alemán una base, no sólo en lo espiritual, sino también ayudar a la preparación de esa base. Hoy esto ha cambiado. Aquéllos que entonces inclinaban más profundamente la cabeza y estaban más voluntariamente dispuestos a ofrecer su espalda para los latigazos de adversarios insolentes, hoy son los que llevan más alta la cabeza, y si no se les metiera en vereda de vez en cuando y se hiciese la comparación entre su anterior falta de coraje y su actual altanería intempestiva, entonces no tardaría mucho y se jactarían de ser los verdaderos portadores de la Revolución alemana frente a los que realmente la hicieron. Frente a estos no son sino principiantes y chapuceros.

Lo que entonces aparecía difícil, es hoy fácil, hasta cómodo: creer en Alemania y trabajar para su futuro firmemente y con toda la fuerza del corazón y de la mente siempre despierta. Lo que no hace mucho tiempo era considerado utópico, pertenece hoy hace mucho a las realidades, que según

el temperamento se acepta con entusiasmo o por lo menos sin toda antipatía seria o hasta autodefensa. Casi parecía que en Alemania no hubo nunca enemigos del nacionalsocialismo. Pronunciarse por él pertenece ahora al buen tono. Sus formas de expresión y símbolos a menudo han llegado a ser objeto de moda, y ante la chispeante fachada de su imagen lamentable a veces se desvanece el cuadro pintado con los colores ardientes y clamorosos de la penuria y del duro sacrificio viril de nuestro ascenso. Significaría un daño ya no reparable para el espíritu y para la fuerza combativa de nuestro Movimiento si no se hiciera frente siempre y siempre de nuevo contra ello por parte de aquéllos que llevan la responsabilidad por Alemania y su futuro. La Revolución alemana nunca ha sido un asunto de ruidoso patetismo o de frugal cursilería pequeño-burguesa. Fue dura y heroica, consciente de sus metas y tenaz, estuvo animada por el ardiente aliento de aquel impulso que tornó grandes las Guerras Campesinas o la liberación del yugo napoleónico. Tenemos todos los motivos para estar agradecidos al destino por haberos permitido una vivencia como esta. Y no sólo eso, además nos otorgó la gracia de colaborar en ella y aún de conducirla, plasmándola al campo visual de las realizaciones.

De hecho es ésta la revolución más grande todos los siglos y se ha realizado por nosotros y con nosotros. En ella nada nos ha sido regalado. Por el contrario: todo lo que hoy poseemos y llamamos nuestro lo hemos conquistado luchando amargamente y hemos hecho por ello sacrificios de bienes y sangre en una medida que nos vinculará eternamente a los grandes valores históricos. También aquí, como en todos los procesos históricos, ya sean guerras o revoluciones, se ha confirmado la verdad de la palabra del poeta de que sólo obtiene la vida, el que está dispuesto a perderla.

Es sentido y objeto de este libro dar en forma de hojas de diario un bosquejo de los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en Alemania en el curso del año 1932 y el comienzo del año 1933. El autor tiene clara conciencia de que no está en su poder, como tampoco en su voluntad, dar una historia objetivamente abstinente de esta época tan decisiva para Alemania. Estuvo y está en medio de los acontecimientos. Fue convocado a colaborar en ellos diligente y activamente. No estaba ni dentro de su temperamento ni de su decisión, el observarlos desde la quietud de un gabinete de estudio y darles un significado más allá del subjetivismo personal. Ha asistido a ellos desde el primer comienzo conscientemente, ayudado por sus débiles fuerzas a que se hicieran realidad. El que por lo tanto espera encontrar historia en el sentido común la buscará aquí inútilmente.

Lo que aquí está asentado fue escrito en la urgencia y ritmo de los días y a veces de las noches. Aún está agitado por las cálidas excitaciones que los acontecimientos mismos trajeron consigo y que arrebataban consigo a todo el que tomaba parte activa en ellos. Están coloreados e impresionados en la más fuerte medida por el instante. En las horas plenas de preocupaciones cuando fueron escritos, el autor pensó en todo menos en que en un tiempo tan corto ya darían una contribución para el conocimiento de la época que ha quedado detrás de nosotros y que en el mejor sentido de la palabra es apertura del siglo que se inicia y que contiene de él ya todos los temas, todos los motivos y todos los preludios históricos.

Que ello sea como quiera. Escribir el libro de nuestro tiempo desde la atalaya objetiva de la erudición histórica quedará reservado a uno posterior en el tiempo, que entonces poseerá más distancia y observará esta época desde un punto de vista más elevado y abarcará planos más extensos de los que hoy a nosotros nos es tan siquiera posible. A éste le corresponderá entonces dar a las cosas otra, acaso más ingeniosa interpretación de lo que puede o hasta quiere hacerlo aquí el autor. El describirá aquí sólo lo que ha visto y vivido, y ello de tal manera que con total buena fe puede decir: i Así fué!

La Revolución alemana exigió de conductor y tropa sacrificios de índole personal y material de los que el gran público hasta hoy no se hace la menor idea. El transcurso sin fricciones de las cosas induce al ajeno muchas veces a admitir que el poder, sin nuestro concurso, nos ha caído como fruto maduro en el regazo. Esta opinión es tanto más fatal cuanto que pasa descuidadamente al lado del camino del sacrificio que nuestro Movimiento, de acuerdo con la ley según la cual emprendió el camino, debió andar, e incluso en ocasiones conduce a la imputación de que en realidad no había merecido el poder. Terminar de una vez por todas con ello, es el verdadero objetivo de estas hojas. El que las lea con espíritu de justicia y sin prejuicios debe llegar a la conclusión de que si alguien poseía un derecho al poder, entonces esos éramos nosotros, que no le correspondía a ningún otro y que lo que se consumó sólo se desarrolló conforme a la ley inmutable de una evolución histórica superior.

Y algo más: los adversarios del Movimiento nacionalsocialista nunca se cansaron en la época de su oposición de introducir una cuña entre el Führer y sus primeros colaboradores. Desde su punto de vista era tal labor muy comprensible, porque no eran lo bastante tontos como para ignorar que en resquebrajar la comunidad en el mando nacionalsocialista, residía su única posibilidad de desviar el Movimiento de la meta y hacerlo estrellar finalmente en la derrota e infructuosidad. Sólo raras veces los hombres que rodeaban a Adolf Hitler se decidían a contestar este cañoneo de mentiras de sus adversarios. Sabían muy bien que con ello no podían hacer callar el alboroto de la prensa; por hondamente que a veces tuvieron que vadear en el fango, para todos ellos había algo sagrado e intocable, que sólo forzados bajo la más fuerte presión manifestaban al gran público, esto es, su amor, lealtad y veneración que firmemente y sin vacilar jamás, en medio de las peores crisis y conmociones, brindaban al Führer. Junto a todo lo demás, era precisamente en esto en lo que se sentían más unidos y solidarios con las tropas políticas que estaban confiadas a su mando. Compartían con ellos los sacrificios y compartían con ellos la ciega devoción hacia el hombre en cuya mano ellos mismos se habían entregado, y en la que querían poner algún día el destino de la Nación alemana. Nuestro camino al poder es un cantar de los cantares de la lealtad, un resplandor luminoso como pocas veces fue escrito en la historia. Y si alguno de la primera fila rallaba y no podía satisfacer las exigencias para las cuales aparentemente había sido llamado por la época, entonces este hecho sólo servía para consolidar aún más visiblemente y poner en evidencia la grandeza y naturalidad de la lealtad de los otros.

Valor, coraje y tenacidad, esas eran las virtudes que animaban al Movimiento nacionalsocialista desde el Führer hasta el último hombre en el camino hacia el poder. Con ellos también hemos conquistado el poder. A veces, en épocas de las mayores crisis y agobios fatales estuvimos expuestos a las más graves conmociones personales. Que a pesar de todo nunca se rompieran y que, por el contrario, cuanto mayores se hacían los peligros y las tentaciones, tanto más dura e intransigentemente se desarrollaron, constituye una señal de que el nacionalsocialismo llegó al triunfo no sólo a consecuencia de su mejor organización, sino también y, sobre todo, a consecuencia de su mejor conducción.

Por encima de todo ello estuvo la mano de Dios. Ella visiblemente condujo al Führer y a su movimiento. Sólo los faltos de fé dicen que la suerte nos ha perseguido. En realidad en el Führer y en el Partido se cumplieron las palabras de Moltke en el sentido de que a la larga sólo el capaz tiene suerte. Lo que durante más de 10 años fue preparado en la intimidad y creció orgánicamente, irrumpió el 30 de enero de 1933 —y en el periodo siguiente— como una fuerte marea sobre toda Alemania. No había nadie en el país y en el mundo que se hubiera podido sustraer al poderoso y resonante ritmo de los acontecimientos. Era como si todo un pueblo despertara de un sueño profundo, se desenbarazase con una sacudida de las cadenas que lo oprimían y se levantase como un Fénix de la ceniza de un sistema caído. Y del fervor y entusiasmo con que las masas de millones del pueblo se entregaban a Hitler y a su idea, parecía escucharse el grito que ya una vez en época de las Cruzadas hizo estremecer a Alemania: «iDíos lo quiere!».

Y así como él nos dió su bendición, así la denegó a los otros. Que por cierto lo invocaron en alta voz desde sus púlpitos y tribunas partidarias, pero su obra no era la obra de él, su fe no era tampoco la fé de él y la voluntad no su voluntad. No es casual que millones de seres humanos en Alemania tengan la santa convicción de que el nacionalsocialismo es más que una idea política, que en él se anuncia la palabra de Dios y la voluntad de Dios, que el baluarte que erigió contra el bolchevismo según los más altos designios de la Providencia, ha de ser conceptuado como la última esperanza de salvación del mundo cultural occidental ante la amenaza del mayor antagonista a Dios, venido de Asia.

Este libro es un monumento en recuerdo del Partido y de los SA combatientes. Dice más al mundo contemporáneo de lo que podrían decir piedra y mármol. En los meses que aquí encuentran su descripción, aún no se podía comprobar quien tenía intención honesta y quién podía pro seguir el camino tenazmente y sin turbarse una vez en marcha. Entonces éramos considerados aún ante el gran público como ¡lusos y soliviantado res del pueblo, a los que en el mejor de los casos se les concedía una mentalidad honesta. Entonces aún circulaban a través del país los slogans que decían que el nacionalsocialismo había perdido su oportunidad y que Hitler era una celebridad acabada. Cuán difícil nos resultaba sobrellevar esto interiormente quizás se pueda medir mejor teniendo presente que éramos, y continuamos siendo siempre los mismos, que nuestras ideas y planes en los días y horas de las más graves pruebas de resistencia anteriores fueron tan claras, limpias y acertadas como lo son hoy día ya en vías de su realización.

Ante el hecho de que Adolf Hitler es hoy incuestionablemente Führer de todo el pueblo alemán, se olvida demasiado fácilmente que no hace mucho los sabiondos condenaban su conducta y trataban de inmiscuirse en su tarea o incluso ponían en duda sus buenas intenciones. También para esto servirá a caso este libro, para corroborar una vez más ante el mundo con cuan claro instinto y casi sonámbulamente seguro, el Führer transitó su ca mino y condujo al Movimiento a través de todos los peligros y amenazas sin titubeos y tenazmente hasta el poder. Jamás se ha equivocado, siempre tuvo razón. Nunca se dejó deslumbrar o tentar por el favor o desfavor del momento. Cumplió como un servidor de Dios la ley que le fue impuesta y satisfizo así en el más elevado y mejor sentido su misión histórica.

Y por eso también le sea expresado aquí, al comienzo de este modesto libro, el agradecimiento y la profunda veneración de uno de sus camaradas de lucha. Creo con ello hacerme el portavoz de todos aquellos que representaron la causa de Hitler y se mantuvieron leales y sin reservas junto a la bandera elegida. No crea nadie que entre aquellos que están alrededor de Hitler haya habido jamás, o pueda haber en el futuro, riña o discordia. Lo que en la lucha se unió creciendo, lo que soldó la privación, el sacrifico y la persecución, no lo podrá separar el deseo, ciertamente comprensible, pero ingenuo y necio, de sus enemigos. Hemos conquistado juntos el poder y en él estaremos juntos, ¡Pero sobre todos nosotros estará como una estrella señera el Führer y su idea!

Nos sentimos llenos de creyente responsabilidad frente a la historia. Nos hemos tendido la mano una vez en medio de la penuria y la desdicha y ahora somos para siempre un fiel grupo de conjurados de la gran idea. Venga lo que venga, con Hitler y tras él, algún día seremos inscritos en el libro de nuestra historia como un luminoso ejemplo de la disciplina, la tenacidad y la lealtad alemanas y se hablará de la Vieja Guardia de Hitler que no vaciló jamás.

Lo peor es con los periódicos. Tenemos los mejores oradores del mundo pero en cambio nos faltan plumas diestras y hábiles.

A un representante del Lavoro Fascista le he expuesto el desarrollo y el programa de nuestro Partido. Todo ha pasado en tal forma a nuestra carne y sangre que no podemos ya pensar ni sentir de otra manera.

Con el Cuerpo de Aviadores Nacionalsocialista he tratado sobre el empleo de aviones en las próximas luchas electorales que si bien no están aún fijadas, sabemos sin embargo que pueden producirse repentinamente y de la noche a la mañana.

i Las vivencias que uno tiene que vivir! Un jefe SA me viene con la pregunta de si un suicida puede ser enterrado con nuestra bandera. Yo le digo que si a condición de que se haya desplomado bajo la angustia de la época. No todos pueden ser lo suficientemente fuertes como para soportar los martirios de nuestro tiempo. El dice que no, y lo dice con duro patetismo.

Märchenbrunnen: Asamblea General de Socios del distrito Este clausurada por la policía. El año empieza bien. Casi todos trabajadores manuales. Estos han sido arrebatados en lucha tenaz al Berlín rojo. El que tiene al obrero, tiene al pueblo y el que tiene al pueblo tiene al Reich.

En el Clou formó el Estandarte Fiedler. El más activo que poseemos en Berlín. Fiedler es uno de nuestros mejores jefes SA, viene todavía de la época y tradición de Horst Wessel. Un sencillo obrero que se ha ido encumbrando

EPÍLOGO DEL EDITOR

La lectura de este libro constituye una auténtica lección de historia, así como una apasionante lección de capacidad política. Aunque en sus páginas se recoge la época más fundamental de la lucha del NSDAP no hemos de olvidar que esa lucha se desarrollaba no sólo en Berlín sino en todo el Reich y que no se desarrolló únicamente en 1932 sino que consistió en una serie de largas campañas desde 1919 hasta ese año.

Hay que tener presente que el triunfo nacionalsocialista fue la consecuencia de una lucha fanática encarnada real y auténticamente por todo el pueblo. El sistema pinto comunista hizo cuanto estuvo en su mano para impedir el triunfo de Hitler. El Partido fue prohibido, sus dirigentes encarcelados, se les prohibió hablar en público, se clausuraron reiteradamente sus diarios y publicaciones, se les impusieron multas, les fue prohibido el uniforme y, visto que todo esto no era suficiente para frenar su progreso, fueron asesinados docenas de nacionalsocialistas sin que prácticamente en ningún caso se tomasen represalias, las provocaciones llegaron a los mayores extremos pero la disciplina fue pese a todo mantenida siempre. En las elecciones fueron presentados junto a los nacionalsocialistas diversos partidos pequeños o más o menos grandes que proclamaban en sus programas aproximadamente los mismos ideales a fin de lograr dividir el voto, como último recurso se formó un insólito frente común contra Hitler que logró que el partido católico y los socialistas apoyasen a Hindemburg, protestante y aristócrata, antes que permitir el triunfo de Hitler. Ello no impidió que Hitler lograse los votos protestantes y obreros. Con los pactos políticos —como ya menciona con detalle Goebbels— se les desacreditó y se logró lo que Goebbels menciona reiteradamente como gran fracaso, sin embargo hay que tener en cuenta que incluso en ese período de gran fracaso el nacionalsocialismo seguía siendo el partido más fuerte de la historia de Alemania. En las elecciones de noviembre de 1932 mantuvo 196 escaños, frente a 121 los socialistas, 100 los comunistas, 69 el centro y 51 los nacional alemanes. El 33,1 por ciento de los votos eran para Hitler. Ciertamente había significado un retroceso en relación con los 230 diputados logrados en las elecciones de julio de 1932 con un 37,4 por ciento de votos, pero seguía siendo el más fuerte.

Ante la imposibilidad de debilitar al nacionalsocialismo por ningún medio y ante el aumento que se preveía iba a conseguir en otras posibles elecciones se recurrió al único truco no empleado a fondo: el de la desunión. La maniobra Strasser fue la última carta jugada por el sistema antes de rendirse a la evidencia y por ello ante el fracaso de esta maniobra de emergencia, no quedó más remedio que dar el poder a Hitler.

Las elecciones del 5 de marzo de 1933 fueron realizadas con toda normalidad y aunque se esgrima que no son válidas pues los nacionalsocialistas estaban ya en el poder, eso es debido al mal perder de los demócratas que siempre que las votaciones no les favorecen dicen que se trata de falsificaciones. Si Hitler utilizó su situación como Canciller para disponer así de la fuerza del Estado en su beneficio, no hizo en ningún caso más de lo que sus adversarios habían hecho con él reiteradamente durante años. La leyenda que explica el incendio del Reichstag como una maniobra nacionalsocialista carece de todo fundamento pues indudablemente Hitler no precisaba de esos recursos para lograr sus objetivos, al margen de que el terrorismo comunista en todo el mundo viene a demostrar que por más que la prensa mencione siempre que esos atentados o asesinatos benefician a la «derecha», siempre son comunistas convencidos sus realizadores. Pero Hitler no precisaba quemar el Reichstag, tenía al pueblo tras de sí pues había logrado reunir un equipo excepcional de colaboradores pudiéndose casi afirmar que la propaganda política fue realmente un invento nacionalsocialista. Ellos dominaban como nadie las técnicas de propaganda y de masas, lo cual ha sido suficientemente reconocido por los adversarios como para no insistir en ello.

Pero al margen de esto hemos de recordar que las circunstancias de su época eran fundamentalmente distintas de las de hoy. No existía televisión y la radio era un privilegio burgués. La prensa y los libros estaban también sólo al alcance de una minoría y desde luego muy lejos de las posibilidades económicas de los seis millones de parados. Hitler podía así convocar a las masas con octavillas o carteles, de la misma manera en que se veía obligado a hacerlo el partido más rico y poderoso. El poseer la radio, la prensa o el cine no representaba un gran apoyo. Era importante, pero no decisivo. Por ello en cuanto Goebbels tuvo la posibilidad de llegar al poder, cambió el sentido de la radio y distribuyendo altavoces por las calles la llevó al pueblo.

Las elecciones del 5 de marzo de 1933 les dieron el 42 por ciento de los votos. En total 17.000.000 de votos que representaban una cantidad mayor que la población de la mayoría de los países limítrofes. Pudo alcanzar el 52 por ciento deseado por medio de alianzas y luego en el Reichstag logró el poder absoluta en la Ley de Plenos Poderes votada por todos los partidos excepto el socialista y los comunistas ya ausentes del Reichstag. A partir de ese momento el porcentaje fue en constante aumento hasta llegar a la casi totalidad del pueblo alemán. Aunque de nuevo se argumente que las votaciones eran manipuladas, las decisivas elecciones para la unión del Sarre al Reich dieron la prueba decisiva al respecto. Dichas votaciones fueron realizadas bajo estricto control internacional y pese a que Hitler no pudo participar personalmente en la campaña, la anexión a Alemania obtuvo el 90 por ciento de los votos.

Mal que pese a los defensores a ultranza de la democracia, el triunfo de Hitler fue absolutamente democrático y como el criterio nacionalsocialista con respecto a las elecciones era fundamentalmente distinto que el democrático, optó por un medio más lógico a través de los plebiscitos. Al contrario de lo que ocurre hoy en día que los programas de los partidos son lo más generales posibles lo cual no les obliga al cumplimiento de los mismos pues son susceptibles de grandes modificaciones sin apartarse del contexto primitivo, el nacionalsocialismo creyó que era mucho más lógico consultar al pueblo sobre problemas concretos y no sobre programas abstractos. Las más grandes decisiones fueron sometidas al referendum y contaron siempre con el más amplio apoyo popular.

A lo largo del texto de Goebbels solo descubrimos un grave error táctico que parece imposible escapase a su sagacidad y a la del propio Hitler. El boicot decretado contra los judíos era realmente lo que el movimiento sionista mundial deseaba. El principio de acción-reacción que inspira el terrorismo mundial era ni más ni menos lo que convenía al sionismo. En la prensa de todo el mundo se hablaba de que en Alemania había un boicot contra los judíos, pero realmente este boicot no existía en el momento en que así era afirmado, pero justamente dicho boicot se organizó debido a la propaganda contraria a Alemania. Es decir que en la práctica se confirmó con tal boicot lo que la prensa mundial decía anteriormente y que era totalmente falso. Por suerte el buen juicio de Hitler y Goebbels hizo que el asunto no siguiese adelante, aunque con motivo del famoso asesinato de von Rath se volviese a caer en la trampa en la tristemente famosa «Noche de cristal». Dos errores —los dos únicos— que escaparon a la sagacidad del Dr. Goebbels. Viendo ahora retrospectivamente el partido que la prensa mundial ha sacado a esos dos hechos, no cabe duda que la decisión no fue acertada.

De lo que no hay duda es de que si el cambio operado en España de la dictadura a la democracia es legalmente aceptable, también lo ha de ser el inverso de la democracia al partido único de Hitler. Nada se hizo por la fuerza. Siempre se utilizaron los recursos jurídicos y nada fue impuesto sin más. Incluso en previsión de cometer los errores clásicos, Hitler se dirigió a sus Gauleiters el 6 de julio de 1933 diciéndoles que «no hay que destituir a un buen economista cuando sea un buen economista aunque no nacionalsocialista, sobre todo si el nacionalsocialista que va a ocupar su lugar no sabe nada de economía». Se quería evitar así un fácil triunfa lismo político que llevase al traste con la auténtica lucha contra el paro que había que acometer como objetivo principal. Esta política hizo posible efectuar el mínimo de cambios o efectuarlos de una manera progresiva de forma que no se resintiese especialmente la economía. En el ámbito del nuevo ministerio de propaganda el problema era distinto pues los mejores expertos eran del partido.

Fue tal el éxito de esta política que el primitivo gobierno formado el 30 de enero fue prácticamente mantenido sin relevar a nadie de su cargo excepto por voluntad propia o por cambiarlo de actividad o cargo. Ministros que ni siquiera eran del partido en 1933 permanecieron como ministros hasta el último gobierno nombrado por Hitler en 1945.

El éxito fundamental de Hitler consistió en disponer en todo momento de un equipo valiosísimo, que tan eficaces fueron en la lucha política, en el poder o en la guerra. Göring fue piloto en la primera guerra, uno de los primeros jefes de la SA, responsable de relaciones políticas en Berlín, Presidente del Reichtag, responsable del plan cuadrienal y de la política de divisas y Ministro del Aire. Lograr que las mismas personas respondiesen igualmente en esferas diferentes, fue uno de los logros del nacionalsocialismo. Otro de los éxitos fundamentales fue la fidelidad, cada cual cumplió con su deber en la lucha, en la victoria y en la derrota. Hess fue el ejemplo de fidelidad, Góring se convirtió el jefe y portavoz de los juzgados en Nüremberg y Goebbels siguió a Hitler en su muerte… el valor fundamental del equipo de Hitler fue que cada cual supo cumplir con su deber y representar su papel perfectamente, tanto en la victoria como a la hora de morir. El presente libro constituye un valioso documento que demuestra que un movimiento popular puede llegar a vencer, si se mantiene firme y unido, a los poderes más fuertes del sistema actual.

Información adicional

Peso 350 g
Autor

Joseph Geobbels

Paginas

223

Pasta

Blanda

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