Zero: Lucha y muerte de la aviación naval japonesa (1941-1945)

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Descripción

Mucho se ha escrito sobre la guerra del Pacífico, pero casi sistemáticamente desde la óptica de los vencedores. Japón es un país distante y con una lengua y cultura extrañas a los occidentales, pero sin embargo tiene en su milenaria historia un suceder constante de grandes guerreros. Como no podía ser de otra forma, estos también se destacaron en la segunda guerra mundial, por lo que sus voces no podían faltar en la historia de la contienda.

De entre las armas utilizadas por el Ejército Imperial japonés, el Mitsubishi Zero se destaca como la más importante, incluso llegó a ser uno de los mejores aviones de combate utilizado en toda la Guerra. Lo mejor de Japón se jugó allí, y para relatar esta odisea tenemos aquí las voces de Masatake Okumiya, capitán de fragata y piloto de avión, quien participó, como miembro del Estado Mayor de la Flota de Portaaviones, en todas las operaciones del Pacífico, teniendo a su cargo, al terminar la contienda, la defensa antiaérea del Japón; y, como coautor, al ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, la voz más autorizada para tratar del célebre caza Zero, pues es, ni más ni menos, que su creador, diseñador y realizador.

Dada la honestidad y buen criterio con que está escrita esta obra, y al reconocimiento de las virtudes y de los defectos que caracterizaron a la Flota y la Aviación japonesas, podemos considerar a ¡Zero! el más estimable documento sobre la guerra del Pacífico, muy especialmente en lo que se refiere a lo aeronaval.

Con razón pueden decir los autores de ¡Zero! que su libro es el más plagiado de cuantos se han escrito sobre la guerra en el Pacífico y en el que se basan, sistemáticamente y a veces al pie de la letra, muchos de los historiadores de la gran contienda. En él se pueden encontrar, por ejemplo, los formidables informes y despachos radiofónicos del teniente de navio Sadao Takai, que participó en el torpedeamiento aéreo de los acorazados ingleses Prince of Wales y Repulse, y cuyo relato figurará ya para siempre en las antologías del género.

Admirable y asombrosa resulta también la increíble peripecia del contramaestre 1.° piloto Saburo Sakai, as de ases japonés, que, herido en la cabeza, privado casi totalmente de la vista y con medio cuerpo paralizado, voló durante nueve horas recorriendo en su Cero una distancia de 560 millas náuticas.

La muerte del almirante Yamamoto en una emboscada aérea, el golpe de mano de Pearl Harbor, las batallas aeronavales de Midway, mar de Coral, las Salomón, Rabaul y las Marianas son también páginas magistrales de este relato bélico.

Por fin, y asimismo, el lector quedará informado, sin sensacionalismos ni truculencias pero con todo detalle, de las acciones suicidas llevadas a cabo por la Aeronaval y por la Aviación del Ejército de Tierra japoneses, los llamados Kamikazes.

Este emocionante relato de la guerra del Pacífico es el trabajo definitivo de la visión japonesa de la guerra aérea y llenará sin duda las espectativas de los lectores.

Prólogo

El 8 de diciembre de 1941, primer día de la guerra contra el Japón, los Estados Unidos perdieron casi dos tercios de las fuerzas aéreas de que disponían en el teatro de operaciones del Pacífico, y —consecuencia inmediata del ataque japonés a Pearl Harbor— las Hawai dejarían de ser, durante algún tiempo, base de refuerzos para las Filipinas, donde, al mismo tiempo, las fuerzas que las guarnecían fueron aniquiladas rápidamente.

Aunque, en esa misma época, el Japón dominaba cuantos territorios chinos le interesaban, se apoderó inmediatamente de las islas de Guam y de Wake, conquistó las Indias Holandesas, y, tras someter a Inglaterra a vejatoria capitulación en Singapur, eliminó de aquel sector a los ingleses mediante una serie de brillantes operaciones. La angustia y el temor llegaron entonces también a Australia, pues, desde aquel mo- mento, sus ciudades iban a encontrarse expuestas a los bombardeos de la Aviación japonesa, que volaba, casi sin oposición, sobre Nueva Guinea, Nueva Irlanda, las islas del Almirantazgo, Nueva Bretaña y las Salomón. Además, la conquista de Kavieng, Rabaul y Bougainville no sólo suponía una amenaza para la seguridad de las precarias líneas de comunicación con los Estados Unidos, sino que parecía ser el signo precursor de una invasión de Australia.

Innegable es que los japoneses nos infligieron humillantes derrotas durante los lúgubres meses que siguieron al ataque a Pearl Harbor, y el que la insospechada calidad del material nipón nos dejó estupefactos y aterrados… Habíamos cometido el imperdonable error de subestimar el poderío de un eventual enemigo, y nuestros aviones, de modelos ya anticuados, cayeron como moscas ante el veloz avión japonés de caza: el Cero.

A lo largo de aquellos sombríos meses, de lo único que fuimos capaces nosotros fue de oponer alguna resistencia ocasional y momentánea a la progresión del enemigo, y, aunque los actos de heroísmo fueron muchos y brillaron como meteoritos en los negros nubarrones de la derrota, es imposible negar que el Japón comenzó la guerra en condiciones extremadamente favorables para él, mas, pese a ello, el Japón no pudo, en ningún momento, concebir la esperanza de haber logrado una victoria decisiva. Menos de un año después, perdía ya la iniciativa, y la aplastante superioridad numérica de que gozaba por haber destruido nuestras fuerzas con relativa impunidad, fue reduciéndose como una piel puesta a curar, hasta que, en la primavera de 1943, la balanza se inclinó a nuestro lado, adquiriendo entonces nosotros la superioridad tanto cuantitativa como cualitativamente. A partir de aquel momento, el Japón pasó a la defensiva.

Pero la gran mayoría de sus jefes militares, obnubilados por sus recientes éxitos, se negaron a admitir la realidad de los hechos, y, convencidos de ser imbatibles, se limitaron a conceder carácter temporal a sus primeras derrotas en el Pacífico. Por su parte, el pueblo japonés, formado en una tradición secular de victoria, criado entre mitos y leyendas y forjado moralmente en una rígida educación patriótico-religiosa, no perdió ni por un instante la confianza en la victoria final.

Si el Japón fracasó en su intento de dominar medio mundo fue por varias razones. Una de ellas —como se ha dicho—, porque combatía por conquistas económicas, mientras que nosotros librábamos una guerra estratégica con vistas a vengarnos.

Pero aún podemos precisar más a este respecto: el principal motivo que hizo fracasar al Japón fue el de no llegar a comprender el significado de la guerra total. La guerra moderna exige el mayor esfuerzo de coordinación que jamás se haya impuesto a la Humanidad, y ellos no fueron capaces ni de fundir sus limitados recursos para dar unidad a sus esfuerzos y seguirnos en nuestras realizaciones técnicas. Durante toda la guerra, a los japoneses les asombraron siempre los records de nuestros Batallones de Construcción, que acondicionaban aeródromos en terrenos coralíferos o en junglas que parecían impenetrables, y la rapidez con que llevábamos masas de hombres y material a las playas de desembarco. Respecto a la logística aérea, que consiste en llevar por el aire oleadas ininterrumpidas de refuerzos y de avituallamientos, la ignoraron hasta el último momento.

Al estallar la guerra —y durante su transcurso—, los japoneses no habían alcanzado el grado de habilidad científica que les hubiera sido necesario para poder competir con nosotros en el mismo terreno, aunque debamos reconocer que no fue ése el caso en los momentos iniciales, cuando el Cero barrió eficazmente toda oposición y les procuró la ventaja óptima en calidad y cantidad. El Cero era más rápido y manejable que cualquiera de nuestros aviones y podía combatir a altitudes que ningún otro avión de los que luchaban en Asia y en el Pacífico era capaz de alcanzar. Su radio de acción era del doble que el de nuestro caza standard de aquella época, el Curtiss P40 “Tomahawk”, e iba armado de cañón. Por otra parte, sus pilotos, avezados por su lucha en China, poseían un grado de entrenamiento muy superior al de los nuestros, para quienes el ataque a la maniobrera producción de Horikoshi constituía literalmente un suicidio.

Pero la ulterior aparición de nuevo cazas nuestros anuló rápidamente esta superioridad: los Cero empezaron a caer envueltos en llamas, y, con ellos, pilotos magníficos que al Japón le fue imposible substituir por hombres capaces de hacer frente a nuestros aviadores, ya con gran experiencia para entonces y que sabían obtener la máxima eficacia de sus “Ligthning”, sus “Corsair” y sus “Hellcat”. Al final de las hostilidades, el 50 % de los cazas japoneses aún eran Ceros que habían combatido en China cinco años antes.

En la creación de nuevas armas, los japoneses, al contrario que nosotros, que progresábamos a pasos de gigante, se estancaron en forma increíble. Sus pocos ingenios teledirigidos no llegaron a intervenir en las operaciones, así como tampoco el único modelo de avión a reacción que diseñaron; su radar era primitivo, y, en lo que se refiere a bombarderos, nunca llegaron a contar con un avión que pudiera compararse, ni de lejos, a nuestros B-17 o a nuestros B-24, sin hablar —claro está— del B-29. La profusión de nuevas armas —cohetes tierra-aire, napalm, colimadores, cañones disparados por radar, cohetes “de proximidad”, ingenios teledirigidos, minas aéreas, bazookas, lanzallamas y «alfombras de bombas»— utilizadas por los Aliados tuvo siempre intrigado al Japón, desorientándole, siendo su incapacidad para descubrir y fabricar una réplica a estas armas lo que le llevó a la agonía en el transcurso de los dos últimos años de guerra.

Otro de los motivos que condujeron al Japón a la derrota fue el error en que incurrió su Alto Mando al creerse su propia propaganda que aseguraba existían disensiones internas en los Estados Unidos, que nuestro país se encontraba en período de decadencia y que le harían falta varios años para poder pasar de una «producción de lujo» al esfuerzo industrial que la guerra exigía. Fatal error, pues aun cuando parte de nuestros recursos los teníamos inmovilizados con vistas a la guerra contra Alemania, siempre estuvimos en disposición de poder aplastar —sin más ayuda que la de nuestras propias armas— a un enemigo cuya producción no llegó a alcanzar nunca, ni aun en los momentos de rendimiento óptimo, la décima parte de nuestra producción.

Los estrategas y los tácticos japoneses combatieron aplicando en todo momento las reglas que habían aprendido en sus manuales, reglas que revisaron demasiado tarde, cuando las terribles experiencias sufridas empezaron a hacerles ver que estaban anticuadas y que la guerra se libraba en las condiciones que nosotros imponíamos. Pero cuando se dieron cuenta de su error, fueron incapaces de dar adecuada respuesta.

El Alto Mando nipón rendía culto a las palabras “inconquistable”, “inhundible” e “invulnerable”, ignorando que todas ellas eran producto de mitos. Su concepción de la guerra rodó siempre alrededor del vo- cablo “ataque” y fue incapaz de concebir o prever una situación en la que no llevara la ventaja.

Obligado a pasar a la defensiva, mal empleó sus fuerzas en heroicas cargas “banzai”, que nuestra concentración de fuego segaba sin piedad. El Alto Mando nipón, cuando tuvo que hacer frente a circunstancias adversas, perdió, en más de una ocasión, la facultad de pensar clarividentemente, lo que le llevó a desastres irreparables.

La valentía del oficial y del soldado japonés nunca fue inferior a la de los nuestros, pero otro factor que determinó su derrota fue la falta de inteligente empleo de esta bravura. Su formación, su culto a los antepasados y su sistema de castas los cegaron muchas veces en la acción y petrificaron su iniciativa. El militar japonés se mostró siempre competente y lleno de recursos en cuantas situaciones respondieran a los ortodoxos cánones por que se regían, pero, si éstas variaban, su obsesionante idea del honor personal ahogaba todo brote de espíritu creador.

En la ejecución de sus planes, los japoneses no estuvieron nunca a la altura de su grandiosa estrategia, como lo demuestra, muy especialmente, su probada incapacidad para percibir el verdadero significado de la guerra aérea. Siguiendo un pueril silogismo, los japoneses debieron de llegar a la conclusión de que, como ellos no disponían de aviación estratégica, tampoco dispondría de ella su contrincante, y, así, cuando éste recurrió a ella, se encontraron en la imposibilidad de reaccionar eficazmente, pues nunca fueron capaces, los bombarderos japoneses, de sostener una ofensiva importante.

El desarrollo de los acontecimientos justificó plenamente nuestra concepción estratégica. Las fuerzas terrestres y las navales desempeñaron un papel indispensable cuya importancia no deberá nunca desestimarse, pero el principio de esta estrategia consistía en incrementar la aviación hasta el grado de que pudiera llegar a aplastar al Japón por sí misma, e incluso hacer innecesario que recurriésemos a la invasión.

Y, en efecto, esta invasión no fue necesaria… El Japón era vulnerable. Sus largas líneas de comunicación podían compararse a delgadas arterias mal regadas por un corazón enfermo. Para conservar sus conquistas y mantener a las fuerzas militares que las defendían era necesario que sus navíos pudiesen avituallarlas, mantener su movilidad y, asimismo, llevar a la metrópoli las materias primas indispensables a la producción material. Destruir aquellos navíos era reducir al Japón a cuatro islas aisladas… Cuatro islas cuyas ciudades quedaban, naturalmente, expuestas a ser aniquiladas por las llamas.

Había, pues, que hundir aquellos navíos e incendiar sus ciudades… Y así lo hicimos.

Correspondió a los submarinos el mérito principal de reducir la flota mercante nipona en tal manera que, prácticamente, dejó de existir, aunque también los aviones contribuyeron a ello en gran proporción, pues hundieron gran cantidad de barcos—más de un millón de toneladas en 1944—y bloquearon los puertos sembrando campos de minas.

He dicho que incendiamos las ciudades… Los B-29 llevaron a cabo destrucciones espantosas, y la posibilidad material de proseguir la guerra desapareció, para los japoneses, bajo las cenizas de sus centros urbanos. Las pérdidas causadas por las dos bombas atómicas no alcanzaron ni el 3 % de los daños causados por otros medios, pero estas dos bombas sirvieron de excusa a los japoneses, siempre tan preocupados de “quedar bien”, para terminar de una manera honorable aquella lucha desde hacía tiempo sin esperanzas.

Sin embargo, la Historia de la guerra en el Pacífico nunca ha sido relatada del todo, pues describirla desde un solo bando no es describirla completamente. Este libro aporta a la Historia el punto de vista japonés narrado por japoneses. En su redacción, yo no me he permitido hacer prevalecieran mis opiniones sobre las de los autores japoneses, y, aunque no siempre haya estado de acuerdo con Okumiya y Horikoshi, será cuanto ellos hayan dicho lo que el lector encuentre en estas páginas.

Para designar a los aviones japoneses he preferido conservar los nombres codificados que utilizaron las fuerzas norteamericanas durante la guerra. Por ejemplo, el “Claude” es el caza embarcado tipo 96; el “Jack”, el caza Raiden; el “Val”, el caza Aichi tipo 99, también embarcado en portaaviones.

Todos los hechos narrados en este libro han sido sometidos a escrupulosa verificación, y las contradicciones, expuestas a los autores japoneses. Sin embargo, los datos y cifras que en él figuran son los proporcionados por ellos, quienes han querido escribir un relato preciso y sincero de los acontecimientos vistos por ojos japoneses. Okumiya y Horikoshi, ayudados por muchos compañeros de armas, nos ofrecen una nueva y fascinante perspectiva del gran conflicto.

Quizá haya quien diga que se han expresado en términos elogiosos respecto al enemigo, pero la verdad es que siempre son honestos y objetivos y que no han dudado una sola vez en llamar a las cosas por su nombre, pues con la misma sinceridad tratan de sus victorias iniciales, como de sus desastres ulteriores, no buscando paliativos y admitiendo con toda franqueza los errores y falta de organización de su Alto Mando.

Ambos autores están más que sobradamente cualificados para presentar al lector este relato. Masatake Okumiya, concretamente, perteneció a la Aviación Naval durante quince años; promovido oficial en la Escuela Naval, participó en la mayor parte de las grandes batallas aéreas desde 1942 a 1944, en su calidad de capitán de fragata y como miembro del Estado Mayor de la Escuadra de Portaaviones. Entre estas batallas deben destacarse las de Midway y las Aleutianas, la campaña de Guadalcanal y la de Santa Cruz, en 1942, y la campaña de las Marianas, en 1944. Desempeñó papel activo en las operaciones de las Salomón y de Nueva Guinea, y, al final de la guerra, tenía a su cargo la defensa antiaérea del Japón, en el Gran Cuartel Imperial de Tokio. A Okumiya se le considera como uno de los más eminentes estrategas aéreos, y ocupa hoy día un importante puesto en la Aviación japonesa; él es quien se ha encargado de redactar el relato de las batallas.

Respecto a Jiro Horikoshi, se le conceptúa en el mundo entero como uno de los más prestigiosos ingenieros aeronáuticos, gozando de la mayor estima en los medios técnicos internacionales. Horikoshi, al diplomarse en la Universidad Imperial de Tokio, pasó a formar parte del equipo de técnicos de las Fábricas de Construcción Aeronáutica Nagoya, pertenecientes al trust Mitsubishi, debiéndosele a él varios de los mejores cazas de la Aviación japonesa: el “Claude”, el célebre Cero, el Raiden y el espectacular pero desafortunado Reppu.

Horikoshi fue importantísimo pilar de la industria aeronáutica del Japón y contribuyó a librar a su país de la influencia científica y de la necesidad de productos extranjeros, dándole modelos originales. Con sus manifestaciones, nos permite ver, en forma reveladora, parte de la Historia de su país, desconocida e inaccesible hasta ahora.

Nadie, en el Alto Mando nipón, deseaba la guerra con los Estados Unidos, al menos antes del ataque a Pearl Harbor, y menos aún en la Marina, en donde eran muchos los oficiales que preveían los catastróficos resultados a que les conduciría. El almirante Isoroku Yamamoto, Comandante en Jefe de la Flota Combinada, protestó más vigorosamente que nadie, asegurando y prediciendo que si las operaciones se prolongaban más allá de 1943, el Japón se vería abocado a una inevitable derrota. Pero sus advertencias —y las de quienes pensaban como él— fueron hechas a oídos sordos, mejor dicho, a oídos que no querían escucharlas. Hideki Tojo lanzó a su país a un guerra que habría de terminar en amarga derrota. En 1943, Yamamoto murió en un combate aéreo, pero sus predicciones demostraron ser de una exactitud sorprendente.

Reconforta el ánimo no encontrar en este libro esas tentativas de eludir responsabilidades que tan frecuentemente vemos, por ejemplo, en las memorias de los altos jefes alemanes.

Aunque el Imperio del Sol Naciente estaba ya vencido a mediados del año 1943, pues, a partir de esa época, no cabía ya duda respecto a cuál iba a ser el final de la guerra, las particularidades del carácter japonés no les permitían admitir este hecho incontrovertible. La lucha prosiguió, pues, a costa de pérdidas terribles, y la derrota revistió caracteres de tragedia. La pregunta que todos nos hacemos no es la de querer saber cómo consiguió el Japón realizar cuanto hizo durante la guerra del Pacífico, sino más bien cómo consiguió retrasar tanto tiempo su derrota.

MARTIN CAIDIN

Nueva York, 1955

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Autor

Okumiya Horikoshi Caidin