Comunismo y Judaísmo

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Descripción

Esteban Malanni no pretende explicar el complejo fenómeno del comunismo solamente como un resultado de las ideas y las maquinaciones del pueblo judío, o de un núcleo característico de éste. En realidad, la revolución rusa ha sido posible en virtud de varias causas concurrentes: 1ª. (de orden histórico), el desgaste de la clase burguesa y de su ideología a la vez que el advenimiento de la clase proletaria. 2ª. (de orden caracterológico), la mentalidad rusa; 3ª. (de orden sobrenatural), las tendencias disolventes y desintegradoras del alma judía, virtualmente consustanciales a ésta, mas no siempre manifiestas, sea por razones de índole religiosa, o porque las condiciones históricas oponen un dique infranqueable a su libre ejercicio.

Sin embargo, en «Comunismo y judaísmo» se encarga de probar con multitud de documentación y nombres la casi total copamiento de las capas dirigentes por judíos.

En una primera parte analiza el alma judía y su incidencia en movimientos subversivos, basándo tanto en su esencia y tradición como en hechos históricos. En segundo lugar analiza la conexión entre capitalismo y comunismo demostrando la incidencia de banqueros judíos en la revolución rusa. Finalmente aporta una gran cantidad de datos para demostrar que el judaísmo fue el motor vital del comunismo.

La obra de Malanni ha sido referencia obligada para todos los investigadores alrededor del mundo que han tratado esta temática y hasta el día de hoy continua siéndolo.

Introducción

No deseamos incurrir en la imperdonable ingenuidad de explicar el complejo fenómeno del comunismo, sobre todo, del régimen soviético, solamente como un resultado de las ideas y las maquinaciones del pueblo judío, o de un núcleo característico de éste. En realidad, la revolución rusa —de la cual derivaron las otras: la húngara, las alemanas, la española— ha sido posible en virtud de varias causas concurrentes y condiciones históricas. Entre las causas, las principales son tres:

1ª. (de orden histórico), el desgaste de la clase burguesa y de su ideología —liberalismo, individualismo, agnosticismo, relativismo, etc.—, a la vez que el advenimiento de la clase proletaria y de una ideología anti-individualista, sea en su forma extrema de colectivismo, previa dictadura de una minoría proletaria (al modo ruso), sea en su forma ponderada de corporativismo, en él cuál sólo se extrema el principio colectivista, a veces, para compensar los excesos anteriores del desenfrenado individualismo del tipo burgués-capitalista o del anarquista;

2ª. (de orden caracterológico), la mentalidad rusa; por un lado, —más que causa, condición—, la atávica sumisión al látigo del pueblo ruso (aspecto estudiado a fondo por Ramón Doll en el volumen, “Itinerario de la Revolución Rusa”, publicado por La Mazorca,); por otro, su tendencia profunda y nostálgica a Jerusalén, a Bizancio, a ocupar la cuna y el centro antiguo del cristianismo, y desde allí dominar píamente al mundo, convirtiendo a todos los pueblos a la ortodoxia; el comunismo no seria, así, más que una especie de desborde apostólico sin Dios, o más aún, contra Dios; se conservarían el impulso y la forma sin su móvil y su contenido tradicionales (véase, a este respecto, “Comunismo y Religión”, de Máximo I. Gómez Forgues);

3ª. (de orden sobrenatural), las tendencias disolventes y desintegradoras del alma judía, virtualmente consustanciales a ésta, mas no siempre manifiestas, sea por razones de índole religiosa, o porque las condiciones históricas oponen un dique infranqueable a su libre ejercicio.

Se objetará el término sobrenatural con que designamos el plano en que actúa el pueblo judío, en virtud de que tales tendencias desintegradoras suelen ser comunes a los pueblos semíticos y, en general, a los pastoriles. ¿Cómo se explica, sin embargo, que los demás pueblos semíticos hayan cumplido su ciclo histórico en modo al parecer irrevocable, manteniéndose luego en las márgenes de la civilización, mientras que el pueblo judío no pierde actualidad nunca? No podemos perder de vista la elección del pueblo hebreo para la custodia del gran germen religioso monoteísta, hasta tanto llegara la madurez de los tiempos en que aquél debía diseminarse por todo el mundo, fructificando ya en su plenitud suprema con el misterio de la Redención. Y no podemos perder tampoco de vista el hecho de la diáspora, que no admite otra explicación que el de la maldición divina, en castigo de haber rechazado y asesinado al Mesías. Resulta imposible, en fin, estudiar al pueblo judío con un criterio puramente racial e histórico. No significa esto, sin embargo, que el pueblo judío se encuentre por encima de la justicia de los cristianos. Constituye un género muy equívoco y sospechoso de cristianismo insistir en él carácter sagrado del pueblo judío, pasando por alto su condenación tremenda, y recriminar las providencias defensivas de los cristianos como intrusiones en el plan divino. Cabe creer, al contrario, que el plan divino prevé y exige tales providencias, pues de otro modo, ¿dónde estarían los resultados y efectos de la condenación? Quiere decir esto que las maquinaciones disolventes y desorientadoras del pueblo hebreo, o de sus núcleos más conspicuos, se hallan en el dominio de la historia y de nuestras leyes; y aunque puede haber injusticia en castigar a todos por faltas no comprobadas en todos, tal injusticia no es más grande que las profusas y terribles que jalonan la historia del hombre. Todas las víctimas de la injusticia tienen derecho a reclamar; pero los judíos, menos que ninguno, tienen derecho a reivindicar una primacía en tal respecto. Las diversas campañas antisemitas modernas, que consisten en incruentos desplazamientos sociales e internacionales de judíos acomodados, suscitan una indignación que parece universal, si se juzga por los periódicos “democráticos” y las declaraciones de los grupos políticos y secretos de la misma tendencia. ¿Dónde están, en cambio, hoy día, la indignación y el horror que provocaron, y debieran seguir provocando, las espantosas matanzas de Rusia, Hungría, Baviera, Berlín y España? Bien se ve, pues, que si los judíos parecen ocupar el primer puesto entre las víctimas de las persecuciones, es sólo porque existe una confabulación publicitaria destinada a exagerar sus padecimientos y a ocultar los de otros pueblos, cien veces más horribles todavía.

Información adicional

Peso 199 g
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Blanda

Paginas

142

Autor

Esteban J. Malanni