La industria del holocausto

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Author: Norman Finkelstein
Categoría: Etiqueta: Product ID: 2901

Descripción

El autor judío Norman Finkelstein, profesor universitario y Ph.D en Ciencias Políticas y en en Estudios Políticos en la Princeton University, hijo de supervivientes del holocausto, denuncia la construcción ideológica montada en torno al exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial y la fuente de beneficios desmedidos que representa para las organizaciones sionistas.

Con gran coraje, y a pesar de las críticas, expone la tesis de que la memoria del Holocausto no comenzó a adquirir la importancia de la que goza hoy día hasta después de la guerra árabe-israelí de 1967. Esta guerra demostró la fuerza militar de Israel y consiguió que Estados Unidos lo considerara un importante aliado en Oriente Próximo. Esta nueva situación estratégica de Israel sirvió a los líderes de la comunidad judía estadounidense para explotar el Holocausto con el fin de promover su nueva situación privilegiada, y para inmunizar a la política de Israel contra toda crítica.

Así, Finkelstein sostiene que uno de los mayores peligros para la memoria de las víctimas del nazismo procede precisamente de aquellos que se erigen en sus guardianes y que sin embargo terminaron estafando a las verdaderas víctimas del Holocausto.

Ahondando en una gran cantidad de fuentes, descubre la doble extorsión a la que los grupos de presión judíos han sometido a Suiza y Alemania y a los legítimos reclamantes judíos del Holocausto y denuncia que los fondos de indemnización no han sido utilizados en su mayor parte para ayudar a los supervivientes del Holocausto, sino para mantener en funcionamiento «la industria del Holocausto».

RESEÑA BIOGRÁFICA

Norman Gary Finkelstein nació el 8 de diciembre de 1953 en los EE.UU. Es profesor universitario y autor de varias obras, especializado en asuntos relacionados con el judaísmo, Israel y el sionismo y el conflicto en Medio Oriente.

Graduado de la Binghamton University, recibió su Ph.D en Ciencias Políticas de la Princeton University. Ha escalado todas las posiciones académicas en el Brooklyn College, Rutgers University, Hunter College, New York University, y más recientemente , DePaul University, en donde fue Profesor asistente de

2001 a 2007. En una decisión que ha generado una amplia controversia, Finkelstein fue excluido de la Pertenencia a DePaul en junio de 2007, siendo colocado en cargos administrativos para el año académico 2007-2008 y cancelados sus tres cursos. Afirmó que se declararía en desobediencia civil si se perpetuaban los intentos por alejarlo de sus estudiantes. El 5 de septiembre de 2007 anunció su renuncia a la Universidad bajo términos no revelados.

Finkelstein escribió sobre las experiencias de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre, Maryla Husyt Finkelstein, hermana de un padre judío ortodoxo que creció en Varsovia, Polonia, vivió en el Ghetto de Varsovia y conoció el campo de concentración de Majdanek y los campos de trabajos forzados de Czestochowa y Skarszysko Kamiena. Su primer marido murió durante la guerra.

Ella consideraba que el día de su liberación fue el día más horrible de su vida , ya que estaba sola en el mundo puesto que ninguno de sus familiares había logrado sobrevivir a las penurias del ghetto.

Su padre, Zacharias Finkelstein, sobrevivió tanto al Ghetto de Varsovia como al Campo de concentración de Auschwitz.

Finkelstein creció en la Ciudad de New York. En sus memorias, registra que, como joven, se identificaba profundamente con la molestia de su madre, testigo de las atrocidades genocidas de la Segunda Guerra Mundial, y se sentía profundamente molesto con la carnicería que estaba produciendo Estados Unidos en Vietnam. Además de la influencia de su madre, sus lecturas de Noam Chomsky lo convencieron de la necesidad austera de mantener sus puntos de vista intelectuales en persecución de la verdad.

Completó sus estudios de pre-grado en la Binghamton University en Nueva York en 1974, después de los cual estudió en la École Pratique des Hautes Études en París. Fue a obtener su Grado de Magister en Ciencia Política de la Princeton University en 1980, y más tarde hizo su PhD en Estudios Políticos, también de Princeton. Finkelstein escribió su tesis doctoral en sionismo, y desde allí atrajo la controversia, la cual comprometió una carrera académica universitaria . Antes de ganar un empleo académico, fue trabajador social a tiempo parcial con adolescentes conflictivos en Nueva York. Después, enseñó exitosamente en Rutgers University, New York University, Brooklyn College, y Hunter College y hasta recientemente en la DePaul University de Chicago.

Finkelstein es conocido por sus escritos críticos sobre el rol de Israel en el conflicto árabe-israelí y por su afirmación que el Holocausto está siendo explotado por fines políticos pro-Israelíes y para financiar a los políticos en desmedro de los reales supervivientes.

Sus libros han sido empleados como herramientas para revertir una corriente de pensamiento académica oficial, contaminada de inexactitudes y, algunas veces, hasta fraudulenta.

El trabajo de Finkelstein ha atraído gran número de partidarios y opositores. Algunos de sus partidarios son Noam Chomsky, lingüista y analista político; Raul Hilberg, historiador del Holocausto; Avi Shlaim, partidario de la Nueva Historia israelí; y Mouin Rabbani, jurista palestino y analista. De acuerdo a Hilberg, Finkelstein muestra “coraje académico para hablar con la verdad aún cuando nadie lo apoye . . . Podría asegurar que su lugar en la historia está asegurado, y es de los que a fin al siempre triunfan. Estará entre los triunfadores a pesar del gran costo que le significará.”

PREFACIO

La publicación de La industria del Holocausto, en junio de 2000, suscitó una reacción internacional considerable. Dio lugar a debates de ámbito nacional y se situó a la cabeza de la lista de libros más vendidos en países muy diversos, incluidos Brasil, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania y Suiza. Todas las publicaciones británicas de importancia le dedicaron al menos una página, en tanto que, en Francia, Le Monde le consagraba dos páginas enteras y un editorial. Fue el tema de numerosos programas radiofónicos y televisivos y de varios documentales. La reacción más intensa se produjo en Alemania. Casi doscientos periodistas atestaron la conferencia de prensa en la que se presentó la traducción alemana del ensayo y mil personas abarrotaron la sala berlinesa donde se celebró un caldeado debate sobre la obra (mientras otras quinientas se quedaban fuera por falta de espacio). La edición alemana vendió 130.000 ejemplares en unas semanas y en pocos meses se publicaron tres libros basados en ella1 . Ahora mismo, La industria del Holocausto está pendiente de ser traducida a dieciséis idiomas.

En contraste con la estridente polémica internacional, en Estados Unidos, la reacción inicial fue un silencio sepulcral. Ninguno de los medios de comunicación de primera fila quiso saber nada del libro2. Los Estados Unidos son la sede central de la industria del Holocausto. Es de suponer que un estudio donde se explicara que el chocolate provoca cáncer suscitaría una reacción similar en Suiza. Cuando resultó imposible seguir haciendo oídos sordos al clamoreo internacional, una serie de comentarios histéricos lanzados en foros selectos sirvieron para sepultar eficazmente el ensayo. Dos de ellos merecen especial atención.

The New York Times hace las veces de principal vehículo publicitario de la industria del Holocausto. En su haber se incluye la promoción de figuras como Jerzy Kosinski, Daniel Goldhagen y Elie Wiesel. El volumen de información que se ofrece del Holocausto en sus páginas sólo es superado por el de las previsiones meteorológicas. En el índice del New York Times de 1999, las entradas correspondientes al Holocausto sumaban 273. En comparación, sólo había 32 entradas relacionadas con el continente africano3. El suplemento literario del New York lunes de 6 de agosto de 2000 publicaba una larga reseña de La industria del Holocausto («Historia de dos Holocaustos») escrita por Omer Bartov, un historiador militar israelí convertido en especialista en el Holocausto. Bartov ridiculizaba la idea de que existieran explotadores del Holocausto diciendo que se trataba de «una nueva versión de “Los protocolos de los ancianos de Sión”», y descargaba una andanada de invectivas: «extravagante», «absurdo», «paranoico», «chirriante», «estridente», «indecente», «juvenil», «condescendiente», «arrogante», «estúpido», «pagado de sí mismo», «fanático», etcétera4. Unos meses más tarde, en un artículo increíble, Bartov adoptó de pronto la posición contraria. Arremetió contra la «lista cada vez más nutrida de explotadores del Holocausto», y puso como ejemplo máximo «“La industria del Holocausto” de Norman Finkelstein»5.

En septiembre de 2000, el redactor de Commentary Gabriel Schoenfeld publicó un hiriente ataque titulado «Las indemnizaciones por el Holocausto. Un escándalo creciente». Rehaciendo el camino trazado en el tercer capítulo de este libro, Schoenfeld denunciaba a los explotadores del Holocausto, entre otras cosas, por «valerse sin escrúpulos de cualquier método, aunque sea indecoroso o incluso deshonroso», «arroparse en la retórica de la causa sagrada» y «avivar las llamas del antisemitismo». Pese a que en sus acusaciones se hacía eco de La industria del Holocausto, esto no impidió que Schoenfeld denigrase esta obra y a su autor en este artículo y en otro sobre el mismo tema, también publicado en Commentary6, utilizando adjetivos como «extremista», «lunático» y «grotesco». En un artículo posterior publicado en el Wall Street Journal, Schoenfeld condenaba a «Los nuevos explotadores del Holocausto» (11 de abril de 2001) y llegaba a la conclusión de que, «en estos tiempos, una de las peores agresiones contra la memoria es la que procede no de los negacionistas del Holocausto […], sino de quienes se suben al carro de los beneficios literarios y legales». Esta denuncia reflejaba asimismo lo expuesto en La industria del Holocausto. A modo de gentil agradecimiento, Schoenfeld me metió en el saco de los negacionistas del Holocausto tildándome de «chiflado manifiesto».

Apropiarse de los hallazgos de un libro y, a la vez, denigrarlos no es tarea sencilla. La actuación de Bartov y de Schoenfeld me trae a la memoria una sentencia pronunciada por mi difunta madre: «No es casualidad que sean los judíos quienes hayan inventado la palabra chutzpá7». En un terreno totalmente distinto, he tenido la buena fortuna de que el indiscutible decano de los estudiosos del holocausto nazi, Raúl Hilberg, haya apoyado pública y reiteradamente diversas argumentaciones controvertidas de La industria del Holocausto8. La integridad de Hilberg tan sólo es parangonable a su erudición. Tal vez tampoco sea una casualidad que los judíos hayan inventado la palabra mensch9.

Norman G. Finkelstein, Junio de 2001, Nueva York.

notas:

1 Ernst Piper (ed.), Gibt es wirklich eine Holocaust-Industrie?, Munich: 2001; Petra Steinberger (ed.), Die Tinkehtein-Debattc, Munich: 2001; Rolf Surmann (ed.), Das Finkelstein-Alibi, Colonia, 2001.

2 Véase Christopher Hitchens, «Dead Souls», The Nation, 18-25 de septiembre de 2000.

3 De acuerdo con una búsqueda Lexis Nexis correspondiente a 1999, más de la cuarta parte de las crónicas de Roger Cohén, corresponsal del Times en Alemania, versaban sobre el Holocausto. Raúl Hilberg observó irónicamente: «Al escuchar Deutsche Welle (un programa de radio alemán), recibo una impresión de Alemania totalmente diferente de la que obtengo al leer el Neiv York Times». (Berliner Zeitung, 4 de septiembre de 2000). Es de señalar que, mientras se desarrollaba el exterminio nazi, el Times apenas si le prestó atención (véase Deborah Lipstadt, Beyond Belief, Nueva York, 1993).

4 Incluso el autor de Mein Kampf salió mejor librado en el suplemento literario del Times. La crítica que en su momento se publicó de esta obra denunciaba el antisemitismo de Hitler, pero, a la vez, concedía un gran valor a «este hombre extraordinario» por «haber unificado a los alemanes, haber destruido el comunismo, haber adiestrado a la juventud, haber creado un Estado espartano animado por el patriotismo, haber puesto freno al Gobierno parlamentario, muy poco adecuado al carácter alemán, y haber protegido el derecho a la propiedad privada», (James W. Gerard, «Hitler As He Explains Himself», The New York Times Book Review, 15 de octubre de 1933).

5 Omer Bartov, «Did Punch Cards Fuel the Holocaust?», Newsday, 25 de marzo de 2001.

6 «Holocaust Reparations: Gabriel Schoefeld and Critics», enero de 2001

7 Chutzpá: descaro, desvergüenza. (N. de la T.)

8 Véanse las entrevistas a Hilberg incluidas en www.NormanFinkelstein.com en el apartado «The Holocaust Industry».

9 Mensch, persona honrada, íntegra. (N. de la T.)

Introducción

Este libro es tanto una anatomía como una denuncia de la industria del Holocausto. En las páginas que siguen, argumentaré que “El Holocausto” es una representación ideológica del holocausto nazi.10

Al igual que la mayoría de las representaciones similares, ésta tiene una conexión, si bien tenue, con la realidad. El Holocausto es una construcción, y no arbitraria sino más bien intrínsecamente coherente. Sus dogmas centrales sustentan importantes intereses políticos y de clase. De hecho, el Holocausto ha demostrado ser un arma ideológica indispensable. A través de su explotación, una de las potencias militares más formidables del mundo, poseedora de un horrendo historial en materia de derechos humanos, se ha presentado como un Estado “víctima”, y el grupo étnico más exitoso de los Estados Unidos ha adquirido un estatus de víctima en forma similar. Esta falsa victimización genera considerables dividendos – particularmente inmunidad a la crítica, por más justificada que ésta sea. Y podría agregar que quienes gozan de esta inmunidad, no han escapado de las corrupciones morales que típicamente van con ella. Desde esta perspectiva, el desempeño de Elie Wiesel como intérprete oficial del Holocausto no es una coincidencia.

Es evidente que no llegó a esta posición por sus compromisos humanitarios o sus talentos literarios.11 Wiesel desempeña este papel principal más bien porque articula impecablemente los dogmas del Holocausto y, por consiguiente, sostiene los intereses que le subyacen.

El estímulo inicial para este libro provino del decisivo estudio The Holocaust in American Life (El Holocausto en la Vida Norteamericana) de Peter Novick al que reseñé para una publicación literaria británica.12 En estas páginas, el diálogo crítico en el que entré con Novick se ha ampliado; de allí las numerosas referencias a su estudio. El The Holocaust in American Life es más una colección de golpes provocativos que una crítica fundada y pertenece a la venerable tradición norteamericana del muckraking.13 Sin embargo, como la mayoría de los de su estilo, Novick se concentra solamente en los abusos más notorios. Por más sarcástico y refrescante que sea, The Holocaust in American Life no constituye una crítica a fondo. Hay postulados básicos que no critica. El libro, ni banal ni hereje, está sesgado hacia el extremo controversial del espectro conocido. Como era previsible, recibió muchos, aunque dispares, comentarios en los medios norteamericanos.

La categoría analítica central de Novick es la “memoria”. Con toda la actual furia en la torre de marfil, la “memoria” es con seguridad el concepto más pauperizado que descenderá de la cumbre académica por largo tiempo. Con el obligatorio guiño hacia Maurice Halbwachs, Novick apunta a demostrar cómo los “conflictos actuales” modelan la “memoria del Holocausto”. Solía haber un tiempo en el cual los intelectuales disidentes difundían categorías políticas robustas, tales como “poder” e “intereses” por un lado, e “ideología” por el otro.

Hoy, todo lo que queda es el lenguaje blando y despolitizado de “conflictos” y “memoria”. Sin embargo, dada las pruebas que Novick presenta, el Holocausto es una construcción ideológica con intereses creados. Si bien la memoria del Holocausto es deliberada, de acuerdo con Novick también es arbitraria “en la mayoría de los casos”. Según su argumento, lo deliberado proviene de “un cálculo de ventajas y desventajas” pero más bien “sin mucha consideración por . . . las consecuencias”.14 Las pruebas sugieren la conclusión opuesta.

Mi interés original en el holocausto nazi fue personal. Tanto mi padre como mi madre fueron sobrevivientes del Ghetto de Varsovia y los campos de concentración nazis. Aparte de mis padres, todos los miembros de mi familia, en ambas ramas, fueron exterminados por los nazis. Mi primer recuerdo del holocausto nazi, por decirlo así, es el de mi madre pegada al televisor mirando el juicio de Adolf Eichmann (1961) cuando yo volvía a casa de la escuela. Si bien habían sido liberados de los campos sólo dieciséis años antes del juicio, en mi mente siempre hubo un abismo infranqueable que separaba a mis padres de eso. Había fotografías de la familia de mi madre colgando de las paredes de nuestra sala de estar. (Nadie de la familia de mi padre sobrevivió a la guerra). Nunca pude establecer el sentido de mi conexión con ellos, menos todavía concebir lo que había ocurrido. Eran las hermanas, los hermanos y los parientes de mi madre; no mis tías, tíos y abuelos. Recuerdo haber leído de niño el The Wall de John Hersey y Milla 18 de Leon Uris; ambos relatos novelados del Ghetto de Varsovia. (Todavía recuerdo a mi madre quejándose de que, enfrascada en The Wall pasó de largo por la estación de subterráneo en dónde debía haber bajado en su camino al trabajo). A pesar de que lo intenté, no pude ni por un momento dar el salto imaginativo de conectar a mis padres, en toda su condición de gente común y corriente, con ese pasado. Francamente, sigo sin poder hacerlo.

La cuestión más importante, sin embargo, es la siguiente: aparte de esta presencia fantasmal, no recuerdo que jamás el holocausto nazi haya invadido mi niñez. La principal razón de esto fue que a nadie de fuera de mi familia pareció importarle lo que había sucedido. El círculo de amigos de mi niñez leía mucho y discutía apasionadamente los hechos del día. Y, sin embargo, sinceramente no me acuerdo de ningún amigo (o padre de amigo) que haya hecho una sola pregunta sobre lo que mi madre y mi padre habían tenido que soportar. No era un silencio respetuoso. Era simple indiferencia. A la luz de ello, uno no puede menos que ser escéptico frente a los desbordes de angustia de décadas posteriores, una vez que la industria del Holocausto estuvo firmemente establecida.

A veces pienso que el “descubrimiento” del holocausto nazi por parte de los judíos norteamericanos fue peor que el haberlo olvidado. Es cierto: mis padres rezongaban en privado; el sufrimiento que habían padecido no estaba públicamente validado. Pero ¿no era eso mejor que la crasa explotación del martirio judío? Antes de que el holocausto nazi se convirtiese en El Holocausto, sólo se publicaron sobre la materia unos pocos estudios académicos como el The Destruction of the European Jews (La Destrucción de los Judíos Europeos) de Raul Hilberg y memorias como Man’s Search for Meaning (La Búsqueda del Sentido por el Hombre) de Viktor Frankl y Prisoners of Fear (Prisioneros del Miedo) de Ella Lingens-Reiner.15

Pero esta pequeña colección de perlas es mejor que el contenido de estantes y más estantes de esos novelones que ahora atiborran las bibliotecas y librerías.

Tanto mi padre como mi madre, si bien revivieron ese pasado hasta el día en que fallecieron, hacia el final de sus vidas perdieron todo interés en El Holocausto como espectáculo público. Uno de los amigos de toda la vida de mi padre había sido, junto con él, un interno de Auschwitz; un idealista de izquierda aparentemente incorruptible quien, por una cuestión de principio, se negó a recibir indemnizaciones de los alemanes después de la guerra. Más tarde, en un momento dado, se convirtió en el director del museo del Holocausto israelí, Yad Vashem. A regañadientes y con genuina desilusión, mi padre finalmente admitió que hasta este hombre había sido corrompido por la industria del Holocausto, acomodando sus convicciones a las necesidades del poder y el beneficio.

A medida en que las versiones de El Holocausto adquirían formas cada vez más absurdas, a mi madre se le daba por citar (con ironía premeditada) a Henry Ford: “La Historia es cháchara”. En mi casa, especialmente los cuentos de los “sobrevivientes del Holocausto” – todos ex internos de campos de concentración, todos héroes de la resistencia – resultaban blanco de una sarcástica hilaridad. Hace ya mucho tiempo, John Stuart Mill descubrió que las verdades que no están sujetas a un continuo desafío “dejan de tener el efecto de la verdad y se convierten en falsedades por exageración”.

Con frecuencia mis padres se asombraban de mi indignación ante la falsificación y la explotación del genocidio nazi. La respuesta más obvia es que se lo ha utilizado para justificar las políticas criminales del Estado de Israel y el apoyo norteamericano a esas políticas. Hay, también, motivos personales. Me importa la persecución de la que fue objeto mi familia. La actual campaña de la industria del Holocausto de extorsionar dinero de Europa en nombre de “las víctimas necesitadas del Holocausto” ha reducido la dimensión moral del martirio de mis padres al de un casino en Monte Carlo. Pero aún aparte de estas consideraciones, sigo convencido de que es importante preservar – luchar por – la integridad del registro histórico. En las páginas finales de este libro sugeriré que, estudiando el holocausto nazi, podemos aprender mucho no sólo acerca de “los alemanes” o de “los gentiles” sino acerca de todos nosotros. No obstante, creo que para hacer eso, para realmente aprender del holocausto nazi, hay que reducir sus dimensiones físicas y agrandar sus dimensiones morales.

Se han invertido demasiados recursos públicos y privados en monumentalizar el genocidio nazi. La mayor parte de lo así producido es inservible; no constituye un tributo al sufrimiento judío sino al engreimiento judío. Hace ya mucho tiempo que deberíamos haber abierto nuestros corazones a los sufrimientos del resto de la humanidad. Ésta fue la principal lección que me impartió mi madre. Ni una sola vez le escuché decir: “no compares”. Mi madre siempre comparaba. Sin duda, es preciso hacer diferenciaciones históricas. Pero el hacer diferenciaciones morales, entre “nuestros” sufrimientos y los de “ellos” ya es, en sí mismo, una parodia moral. Muy humanamente Platón observó: “No puedes comparar a dos personas miserables y decir que la una es más feliz que la otra”. A la vista de los sufrimientos de afroamericanos, vietnamitas y palestinos, el credo de mi madre era: todos somos víctimas de holocaustos.

Norman G. Finkelstein

Abril 2000 – Ciudad de Nueva York

notas:

10 En este texto, holocausto nazi se refiere al hecho histórico real. El Holocausto significa su representación ideológica.

11 Por el vergonzoso historial de las apologías de Wiesel en beneficio de Israel, véase A Nation on Trial: The Goldhagen Thesis and Historical Truth de Norman G. Einkelstein y Ruth Bettina Birn (Nueva York 1998), 91n83, 96n90. Su historial en otras parte no es mejor. En una nueva memoria, And The Sea is Never Full (Nueva York 1999) Wiesel ofrece esta increíble explicación a su silencio sobre el sufrimiento palestino: “A pesar de considerable presión, me he negado a tomar públicamente posición frente al conflicto árabe-israelí” (125). En su puntillosamente detallada revisión de la literatura sobre el Holocausto, el crítico literario Irwing Howe despachó la abundante producción de Wiesel en un único párrafo y con la pálida frase: “el primer libro de Elie Wiesel Night (está) escrito con simpleza y sin indulgencias retóricas”. Alfred Kazin está de acuerdo: “No hay nada que valga la pena leer desde Night . Elie es ahora todo un actor. Se me ha redefinido como » docente en angustia «.” (Irving Howe, Writing and The Holocaust, en New Republic [27 Octubre 1986 1; Alfred Kazin, A Lifetime Earning in Every Moment [Nueva York 1996 1, 179

12 Nueva York 1999. Norman Finkelstein Uses of The Holocaust en London Review of Book (6 de Enero 2000).

13 Estilo muy acentuado de crítica denunciatoria. (N. del T.)

14 Novick, The Holocaust, 3 – 6.

15 Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews (New York: 1961). Viktor Frankl, Man’s Search for Meaning (New York 19Sg). Ella Lingens-Reiner, Prisoners of Fear (London 1948).

Información adicional

Peso 300 g
Autor

Norman Finkelstein

Paginas

198

Pasta

Blanda

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