Ellos no fueron neutrales Voluntarios suecos en la Waffen SS europea. (1940-1945)

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Author: Erik Norling
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Descripción

Si en pleno siglo XXI nos vinieran a decir que en la tradicionalmente neutral Suecia hubo voluntarios integrados en las Waffen SS, luchando con y por Hitler hasta las mismas puertas del Berlín de 1945, creeríamos que nos estaban tomando el pelo.

Pero eso ocurrió tan real como el libro que tiene Ud. en sus manos, estimado lector.

Y no fueron ni un caso aislado ni un aventurero «indiana jones» de la época. Fueron cientos de camaradas, de jóvenes idealistas que como escri­bió Paul Dahm (oficinal «SS-Staf’ que durante varios años reclutó a dichos voluntarios en Suecia) «No eran aventureros o canallas de dudosa reputa­ción, sino personas que estaban impulsadas por el mayor idealismo que hay y un convencimiento de su deber de participar, hombro con hombro, en la lucha a muerte por una Europa libre contra el bolchevismo».

La historia de los Voluntarios Suecos en las Waffen SS está plagada de heroicidades y de gestos de lucha sin igual, desde los comienzos de la II Guerra Mundial hasta el épico y trágico final de la Europa de los Mil Años.

En todas las batallas con más renombre de la II Guerra Mundial, hay destacados voluntarios suecos luchando con sus camaradas alemanes: Curlandia, Arhem, Berlín, Normandía, Leningrado, Narwa, Pomerania, y un largo etcétera que siembran de honor y gloria las páginas de los Caídos suecos por la Gran Europa: Más de un SESENTA POR CIENTO de bajas tuvieron los voluntarios suecos durante la II Guerra Mundial en las filas alemanas.

Encuadrados en las famosas divisiones de voluntarios Waffen SS, un verdadero ejército paneuropeo, Wiking y Nordland, los voluntarios suecos escribirán un retazo de la Europa más reciente en lucha por un Ideal que recorrió nuestra patria en la mitad del siglo pasado.

Para terminar este resumen de lo que estas páginas contienen, les ci­taré una carta que la madre de Patrik Mineur, voluntario sueco de las Waffen SS caído en Polonia en 1944. Patrik era el tercero de los hijos que esta madre perdía en la guerra:

«No merezco el haber tenido estos hijos que han dado sus vidas por la justicia y que han combatido el Mal. Agradezco a Dios el haber tenido estos hijos que han sacrificado sus vidas contra el bolchevismo, por la libertad del Norte y el honor de Suecia».

García Hispan, Editor.

UNAS PALABRAS DEL EDITOR

Cuando ya parecía que todo estaba escrito sobre los voluntarios escandinavos, Erik Norling nos vuelve a presentar otro elaborado tra­bajo de investigación. En esta ocasión se detiene para relatarnos la historia de unos centenares de valientes que, abandonando la apacible y neutral Suecia, un pequeño país de apenas seis millones de habitantes por esas fechas, decidieron combatir bajos las runas de la «Waffen-SS». Un puñado de hombres, ciertamente una cifra insignificante en un ejército, el SS, que encuadró a más de un millón de europeos, pero su valor y arrojo sorprenderán. Que ahora se decida a publicar un estudio sobre los voluntarios suecos es por expreso deseo mío, ya que él hubiera preferido dedicarse a otro capítulo de los voluntarios europeos contra el comunismo. Sin embargo, tras leer el trabajo que tenía prepa­rado desde hace unos años sobre los voluntarios del país de sus padres por ello está escrito con más apasionamiento de lo habitual-, no pude sino pedirle que nos permitiese sacarlo a la luz y ofrecerlo a nuestros lectores.

La profusión de material inédito, especialmente el gráfico, y la ingente cantidad de información manejada, hace de este estudio un trabajo pionero y excepcional. Ni siquiera en Suecia existen trabajos sobre los voluntarios que sirvieron en la «Waffen-SS» (y tampoco sobre el fascismo sueco), aparte de contadas excepciones, y en la mayoría de las ocasiones se trata de meros reportajes periodísticos. El texto que aquí se presenta marcará un hito. Ello se debe a que el autor conoce personalmente a numerosos voluntarios, ha participado con ellos en reuniones y encuentros, y su dominio de los idiomas nórdicos le permite llegar a un entendimiento que casi ningún otro historiador podría alcanzar sobre las fuentes escritas: puede leer sus diarios, sus cartas enviadas desde el frente al hogar, la prensa y propaganda de la-época. Por ello me atrevo a decir que con este trabajo nuestra colec­ción se enriquece aún más. Ya no somos una editorial que se dedica a contar «batallitas» de una guerra del siglo pasado, sino un verdadero manantial de producción de material histórico, que en el futuro los historiadores utilizarán como fuente para sus trabajos, no sólo para temas militares sino para la historia del fascismo escandinavo.

A lo largo de las páginas del trabajo de Erik Norling los lectores podrán, como me sucedió a mí, seguir las peripecias de ese grupo reducido de hombres que desde los primeros días de la Cruzada contra el Comunismo se encontrarán en primera línea de combate, desde Ucrania hasta el Báltico, desde el Frente de Normandía hasta Finlandia, enrolados en los servicios de propaganda o en las unidades de élite. Desde soldados rasos hasta oficiales de alta graduación, los suecos estuvieron por doquier, participando en las más sangrientas batallas del Frente del Este, pero también en el Oeste. Pagarán por su osadía un elevado tributo de sangre: cuatro de cada diez voluntarios suecos que entraron en combate, nos narra Erik Norling, no volverán a ver los campos y bosques de su Patria, descansarán bajo una sencilla cruz de abedul en cualquier lugar de Europa, su nueva Patria. Ellos hicieron suyo y real hasta la muerte el lema de la «Waffen-SS»:

Mi Honor se llama Fidelidad

José García Hispan

UNAS NOTAS PARA EL PÚBLICO HISPANO

POR CARLOS CABALLERO JURADO

 

 

Cuando Erik Norling me pidió que revisara su texto sobre los volunta­rios suecos en la «Waffen SS» ya sabía que me encontraría con un libro de primera categoría, dado su dominio de la historia y los idiomas escandina­vos. Ello le ha permitido redactar varios libros que constituyen ya un hito en la historia de los voluntarios anticomunistas originarios de la Europa septentrional. Nadie que quiera conocer el tema puede ignorar sus obras sobre la División SS «Nordland» (‘), sobre los voluntarios europeos de distintas nacionalidades que combatieron en el frente finlandés, tanto en la «Guerra de Invierno» como en la «Guerra de Continuación» (2), sobre la Legión Noruega (3) y sobre la Legión Danesa (4).

Al final, tras sucesivas lecturas de su manuscrito, solo le he podido encontrar un «defecto» en el nuevo libro de Erik Norling: no tiene en cuenta que, fuera de la misma Escandinavia, el resto de los habitantes del mundo está muy poco familiarizado con lo acaecido en aquella región septentrional. Así que, con su permiso, decidí redactar algunas notas que hagan más comprensible su texto apara aquellos lectores menos familiarizados con lo escandinavo.

Debo empezar por decir que si el público conoce tan poco de la historia escandinava en general y la sueca en particular no es culpa suya, sino de la mínima información disponible en la bibliografía que un lector común puede conseguir en nuestras librerías. Basta echar una ojeada a dos manuales de historia contemporánea de amplia difu­sión para verificarlo. En «La Europa de los Dictadores, 1919-1945», de Elizabeth Wiskemann (5) o en «El periodo de entreguerras en Euro­pa», de Martin Kitchen (6), las referencias a Suecia son tan minúscu­las que podríamos darlas por inexistentes.

Por tanto, se impone recordar al público hispano algunos datos sobre la historia sueca. Lo haré en tres apartados: Suecia y el Este; Suecia y el fascismo; y Suecia y la Segunda Guerra Mundial.

Suecia y el Este europeo

Se habla a menudo de la «Drag nach Osten» (Marcha hacia el Este) alemana, como trasfondo histórico que explica la gran contienda germano-rusa de 1941-1945. En cambio es mucho menos conocido el hecho de que los suecos (o sus predecesores, antes de que Suecia se consolidara como un sujeto histórico) habían mostrado esa misma propensión a «marchar hacia el Este» que sus vecinos del sur. Norling cita a menudo esa tendencia en su texto, pero el público español quizás no alcance a comprender la verdadera dimensión de ese fenómeno sin alguna explicación adicional.

Un siglo antes de nuestra era, una tribu germánica originaria de Escandinavia, los godos, abandonó su emplazamiento original (la re­gión de Gotland o Gotaland, en la actual Suecia), y cruzó el Báltico para establecerse en la desembocadura del Vístula (actualmente Polo­nia). Desde allí proseguirían una lenta emigración hacia la actual Ucra­nia, región donde estaban ya totalmente asentados en el siglo III de nuestra Era. Curiosamente este remoto precedente fue uno de los argumentos esgrimidos por los alemanes para reivindicar la ocupación germana de Ucrania, pues se trataba -decían- de reconstruir en el siglo XX aquel lejano reino godo (germánico por tanto) en la fértil región. Los godos fueron finalmente expulsados de Ucrania por la llegada de los hunos, en el siglo IV y el resto de su historia ya nos es más conocida, pues fueron uno de los pueblos «bárbaros del Norte» que entraron en el Imperio Romano. Una de sus ramas, los godos del Oeste («West-Goths» o visigodos) tuvieron el relevante papel en la historia de España que todos conocemos.

No terminó aquí la propensión de los escandinavos a marchar hacia el Este. En los siglos IX y X de nuestra Era fueron los «varegos» los que siguieron el mismo camino. En aquellos remotos años los escandi­navos se hicieron muy presentes en toda Europa. Una rama de ellos, a los que conocemos como «vikingos», se lanzó sobre Europa Occiden­tal y Meridional, como piratas y saqueadores, atacando tanto las regio­nes cristianas como lo que podríamos llamar la Europa musulmana (es decir, Al-Andalus y el reino musulmán de Sicilia). Los escandinavos que optaron por dirigirse hacia el Este, hacia lo que hoy serían los Países Bálticos, Rusia y Ucrania, se encontraron con que allí no exis­tían Estados relativamente organizados, con prósperas ciudades, ni tampoco iglesias y monasterios dueños de ricos tesoros, por lo que no tenían apenas posibilidades de saquear. Optaron por convertirse en comerciantes y señores territoriales entre los pueblos eslavos, enton­ces aún inmersos en un grado de desarrollo muy bajo, por lo que, curiosamente, se les tiene por los creadores de los primeros organis­mos estatales en esa región del mundo: el principado de Novgorod y el principado de Kiev tienen como fundadores a comerciantes y guerre­ros «varegos». Con el paso del tiempo estos conquistadores escandina­vos se fusionaron con la población eslava, de la que constituyeron la nobleza original. Que el recuerdo de estos audaces germanos escandi­navos no se había perdido lo demuestra el que las dos Divisiones de la «Waffen SS» en las que se encuadraron mayoritariamente los volunta­rios escandinavos -noruegos, daneses y suecos- fueron la División «Wiking» y la División originalmente bautizada como «Warager», que al final fue conocida como «Nordland».

Se puede argüir, sin embargo, que tanto el periodo de los godos como el de los varegos en modo alguno implican una tendencia sueca a «marchar hacia el Este», puesto que en realidad Suecia como Estado o Nación no existía como tal.

El proceso de formación de las que hoy conocemos como naciones escandinavas fue lento. Noruegos, suecos y daneses comparten una historia en la que en algunos periodos están más o menos unificados, en otras enfrentados entre si, pero en definitiva existiendo siempre estrechos lazos entre ellos. Esta coexistencia se refleja también en este texto, donde veremos a suecos sirviendo en unidades danesas y norue­gas con toda la naturalidad del mundo.

Los daneses fueron los primeros escandinavos en fundar una impe­rio, que aunque fue efímero se extendía tanto por el área que rodea el Mar de Noruega como en el Báltico (Tallin, la capital Estonia, fue fundada por los daneses). Los noruegos les siguieron en esa vía expansionista, creando en el siglo XIII un imperio noratlántico, con Islandia y Groenlandia. Por esas mismas fechas los suecos empiezan a construir su imperio en el Este, adueñándose de Finlandia (entre 1250 y 1266).

La Unión de Kalmar (1397) creó una Confederación de los tres reinos germanos de Escandinavia: Noruega, Suecia y Dinamarca. El actual escudo de Suecia, con tres coronas, recuerda ese periodo. Pero fue precisamente la llegada al trono sueco de Gustavo Vasa (en 1523) la que rompió esa unión. Gustavo Io se enfrentó en adelante a los daneses-noruegos por el dominio del Báltico. Pero la cosa fue más allá. Los suecos se pasaron a la causa luterana y a partir de ese momento pelearán contra los polacos (católicos) y los rusos (ortodoxos), asi como contra los Emperadores católicos de Alemania. Bajo la disputa religiosa subyacía el interés sueco por transformar el Báltico en un «lago sueco».

Gustavo IIo peleó contra daneses y rusos con ese fin. A estos últimos les arrebató tanto Ingria como Carelia. Durante la Guerra de los Treinta Años los suecos se las arreglaron para expulsar a los daneses de las regiones que aún controlaban en el territorio que hoy es Suecia (se trataba de lo que hoy llamamos regiones meridionales de Suecia, como Gotland y Escania), pero también establecieron su sobe­ranía sobre las regiones septentrionales del Imperio alemán (en Pome­rania).

El expansionismo sueco inaugurado por Gustavo Vasa a mediados del XVI alcanzará su apogeo con Carlos XIIo quien, a finales del XVII y principios del XVIII, realizará el último y definitivo intento para crear un Imperio Sueco a costa de daneses, alemanes, polacos y -sobre lodo- de los rusos. El estudio de las campañas de Carlos XIIo no es nada común entre los historiadores de la Europa meridional, lo que es una lástima.

A menudo se ha comparado la campaña de Napoleón contra Rusia con la que lanzó Hitler. Pero no se han establecido los paralelismos con las campañas de Carlos XIIo, y son muy interesantes. En realidad, los problemas a los que se enfrentó Carlos XIIo en su intento de invadir Rusia -el primer intentó europeo de vencer militarmente a esta gigan-tesca nación en una guerra a gran escala- prefiguran y anuncian los problemas que tendría Napoleón y después Hitler.

Suecia entra en el siglo XVIII como el gran poder del Norte de Europa. Es dueña de lo que hoy es su territorio, pero también de Finlandia, Estonia, Carelia e Ingria, y posee enclaves en la costa sur del Báltico, teniendo como vasallos a varios territorios septentrionales del Imperio alemán. Pero su poderío le ha hecho tener muchos enemi­gos: los daneses, los polacos, el rey alemán de Sajonia, y el Zar. Los suecos se han dotado de unos potentes (y caros) Ejército y Armada.

En 1697 llegó al trono Carlos XIIo. Era un niño, de sólo quince años. Sus enemigos creyeron que era el momento de atacar a los suecos. Fue la que conocemos como «la Gran Guerra del Norte». Pero aquel niño se reveló como un gran genio militar. Pese al ataque simultáneo y concentrado de daneses, polaco-sajones y rusos, de un extre­mo a otro del Imperio sueco, desde el Holstein hasta Riga, Carlos XIIo reaccionó con energía y brillantez. Derrotó rápidamente a los daneses en su propio suelo, se lanzó contra los rusos, causándoles en 1.700 una derrota humillante en Narwa (actualmente en la frontera ruso-estonia) y a continuación se lanzó contra los polaco-sajones (en ese momento de la historia Polonia y Sajonia estaban bajo un mismo rey). Esta sería una campaña larga, aunque llena de triunfos, que no acabó hasta 1.707. Entre tanto los rusos habían aprovechado el que Carlos XIIo no explotara su sonora victoria en Narwa para contraatacar en algunas regiones, adueñándose de Ingria, Carelia y Livonia. Pedro Io había decidido fundar su nueva capital, la que sería San Petersburgo (y por demasiados años conocida como Leningrado), en territorio arreba­tado a los suecos.

Vencidos los daneses y los polaco-sajones, Carlos XIIo decidió lan­zarse a su más audaz propósito: destruir a la Rusia de Pedro I «El Grande», algo que estimaba imprescindible si deseaba consolidar para el futuro el Imperio Sueco. Como otros después de él, cometió el error de infravalorar a los rusos.

Adorado por sus soldados, valiente y orgulloso, Carlos XIIo llegó a estar convencido de su invencibilidad. Su genio militar apabullaba a sus enemigos. Pero parecía incapaz de comprender que estaba exigiendo a Suecia un esfuerzo militar por encima de sus posibilidades económicas y demográficas.

Carlos XIIo planeó su ataque contra Rusia partiendo de suelo ale­mán (desde la sometida Sajonia) y en dirección a Rusia a través de Polonia. No deseaba guerrear contra los rusos en los territorios suecos del Báltico, ocupados ahora por los rusos, para no causar allí daños. Contaba con atraer en su ayuda a los turcos otomanos, para entonces víctimas del expansionismo de los Zares en sus posesiones al norte del Mar Negro.

Tras atravesar una Polonia donde había impuesto un rey prosueco (al que tuvo que «reforzar» con una importante guarnición sueca), Carlos XIIo avanzó hacia Moscú a través del «corredor seco», es decir, la única vía en la que no existe el impiedimento de los grandes rios: Minsk y Smolensko. Los suecos vencieron a las tropas del Zar en Holowczyn, cerca de Mogilev. Pero sus propias pérdidas fueron tan grandes que no eran soportables. La política de «tierra quemada» apli­cada por Pedro Io causaba además tremendos problemas de suminis­tros a los suecos que, en una época en que los Ejércitos «vivían sobre el terreno», se vieron privados de todo. Además, una vez Pedro Io tuvo claro que Carlos XIIo no se iba a dirigir hacia San Petersburgo, pudo concentrar sus tropas. Y venció a los suecos en Lesnaya.

Carlos XIIo no se dio por vencido. Recibió el apoyo del «hetman» (caudillo) de los cosacos ucranianos, Mazeppa, que deseaba separar a Ucrania de Rusia. Así que Carlos XIIo abandonó su proyecto de con­quistar Moscú y se dirigió hacia el Sur, en busca del refuerzo que suponían sus nuevos aliados. Desde aquel territorio ahora amigable sería posible construir una nueva base para un ulterior ataque al cora­zón de Rusia. Carlos trató ahora de atraer desesperadamente a los turcos otomanos a su bando, sin demasiado éxito.

Finalmente los suecos y los rusos decidieron la suerte de la guerra en la gran batalla celebrada en la ucraniana Poltava, en 1.709. Los suecos fueron derrotados de manera apabullante. Miles de ellos fueron hechos prisioneros y en general tratados muy bien. No se puede decir lo mismo de sus aliados, los cosacos ucranianos, acusados de traición y masacrados. El rey y su escolta lograron huir hacia las tierras de los turcos otomanos.

En cuanto se conoció la derrota sueca, Sajonia-Polonia y Dinamar­ca volvieron a lanzarse a la guerra contra Suecia. De hecho la Gran Guerra del Norte aún duraría 12 años más. Otros reinos alemanes (Prusia y Hannover) se unieron a la coalición antisueca. Mientras, Carlos XIIo estuvo rehén de los otomanos, hasta 1.714. En esa fecha logró escapar y unirse a sus soldados en Stralsund, librando ahí su última batalla en una posesión imperial sueca fuera de su territorio, en Alemania septentrional. Tras esa derrota regresó a su suelo, protegién­dolo de quienes ahora querían invadirlo. Murió en combate en 1.718, en un asedio en una plaza del sur de la actual Noruega. Sin su audaz y carismático rey, Suecia entró en picado y en 1.721 puso fin a aquella ya larguísima guerra por el Tratado de Nystadt. El más pertinaz enemi­go, el único que continuó la guerra hasta el fin, fue la Rusia de Pedro Iº «El Grande», quien aseguró su capital -San Petersburgo- adueñán­dose de Vyborg, al Norte y Riga al Oeste.

Pese a que acabó como acabó, las campañas de Carlos XIIo son vistas por los suecos como una auténtica epopeya. Sus banderas se pasearon invictas por media Europa. Aún en la derrota, nadie pudo discutir a aquellos soldados su valentía. Comparándolo con la historia de España, nadie puede poner en duda que los Tercios de Flandes fueron finalmente derrotados, pero a la vez constituyen el episodio más glorioso de las armas españolas. Entre los suecos que, en los años siguientes, se dedicarán a la carrera de las armas, las «glorias Caroli­nas» serían siempre la suprema referencia al valor y pericia militar sueca. En el texto que sigue, veremos como muchos de los voluntarios suecos que marcharon a Rusia eran militares profesionales. Empapa­dos de las gestas Carolinas, quisieron repetirlas.

Pero a la vez no podemos ignorar el hecho de que Suecia quedó exhausta tras aquel intento por consolidar y extender su imperio. La experiencia no fue en balde. Los suecos se olvidaron de nuevas aven­turas imperiales y se replegaron sobre sí mismos. Un especialista en las campañas de Carlos XIIo, Englund, ha escrito, con toda la razón:

«Cuando por fin llegó la tan aplazada paz, ésta señaló el fin del Imperio sueco. Al mismo tiempo —y de mayor importancia-confirmó el nacimiento de una nueva gran potencia europea: Rusia. Este Reino se haría aún más grande y poderoso: un Imperio al socaire del cual los suecos tendrían que aprender a vivir. En términos de historia mundial, la gente de una nación entera, Suecia, había dejado el escenario de la historia y se habían sentado entre los espectadores» (7).

La derrota de Carlos XIIo ya supuso la pérdida para Suecia de Carelia, Ingria, Estonia y sus enclaves en Letonia. Aún mantenía su soberanía sobre Finlandia, pero el expansionismo ruso era ya impara­ble. La debilidad de la monarquía sueca era patente y los zares la explotaron. Tras una nueva guerra, la Paz de Abo (1.743) supuso la entrega de más partes de Finlandia a Rusia. Gustavo III intentó contra­atacar en Finlandia en una nueva guerra, en 1.788, sin gran éxito. Cuando llegó la gran conmoción provocada por las guerras napoleóni­cas, gracias a los acuerdos franco-rusos de Tilsit, el zar Alejandro Io arrebató Finlandia a los suecos, en 1.809. La «pérdida» de Finlandia fue sentida como algo irreparable por los suecos. Otro dato que tendremos ocasión de leer a menudo en el texto de Norling es que mu­chos de los voluntarios suecos que combatieron en la «Waffen SS» habían combatido antes en Finlandia. De alguna manera estaban tratan­do de «vengar» aquella humillación.

Entre los territorios que pasaron a soberanía rusa estaban las Islas Aland, pobladas enteramente por suecos, y a un tiro de piedra de Suecia. Ya no se trataba de territorios «colonizados» por suecos, como Finlandia o las islas estonias en el Báltico, donde quedó una minoría nacional sueca sometida a los Zares. Las Islas Aland podían ser consideradas territorio nacional sue­co, dada la composición de su población (8) y ahora estaban sometidas a Rusia.

Aquellos suecos que eran más nacionalistas no podían dejar de recordar con nostalgia, no ya los tiempos remotos de los godos y los varegos, sino las más recientes históricamente hablando de las glorias Carolinas, cuando Suecia estuvo a punto de consolidarse como la gran potencia de la Europa septentrional. Rusia había sido quien puso fin a aquel sueño imperial.

Pero los suecos que no se dejaran arrebatar por los oropeles de la gloria pasada, no por eso podían vencer su recelo respecto a Rusia. La frontera ruso-sueca, que un día había estado en la remota Carelia Oriental, ahora era una línea imaginaria que partía el Báltico entre la costa continental sueca y las Islas Aland. La larga mano de Moscú parecía avanzar, imparable, hacia Estocolmo, en una constante históri­ca. Se fuera partidario de la «Drag nach Oslen» sueca del pasado más o menos remoto, o simplemente se estuviera asustado por lo que parecía un avance lento, pero progresivo e imparable, de Rusia hacia Escandinavia y a través de ella hacia el Atlántico, el hecho es que inevitablemente Rusia ocupaba el centro del pensamiento estratégico sueco.

Es cierto que la Suecia de principios del siglo XX, ya sólidamente instalada en una tradición neutralista, no estaba por lanzarse a aven­turas expansionistas (9). Pero no es menos cierto que en Suecia existía una fuerte tradición anti-rusa que el III Reich pudo haber explotado mucho mejor. Si no fue así se debió a que, llegado el momento, Suecia se llegó a sentir más amenazada por el hegemonismo germano que por el expansionismo ruso-soviético. Veremos algo al respecto más adelante.

Suecia y el fascismo

Tal y como nos recuerda Erik Norling, la imagen de Suecia aparece tan vinculada a la un régimen socialdemócrata que uno se siente tenta­do a creer que este país nació ya con ese sistema político. La realidad es muy distinta.

De hecho, no ya la socialdemocracia, sino el mismo sistema liberal, llegaron muy tardíamente al país escandinavo. Suecia no ha sido siem­pre el país apacible, liberal y moderno que a nosotros nos parece. A principios de siglo el sistema electoral era extremadamente restringido, basado en un criterio censitario. El Rey intervenía de forma muy activa en política y se negaba a reconocer la soberanía del Parlamento. La situación cambió con motivo de la crisis revolucionaria que en toda Europa se gestó debido a la Primera Guerra Mundial. No está demás recordar que, aunque tanto Suecia como España se mantuvieron neu­trales en aquel conflicto, las penalidades que causó le afectaron y provocaron una conmoción revolucionaria. Recordemos la Huelga Ge­neral española de 1.917.

En Suecia el Rey no decidió reconocer de una vez por todas la soberanía parlamentaria hasta ver lo que había ocurrido en Rusia en lebrero de 1917, cuando el Zar había sido depuesto por los revolucio­narios. En marzo llegó al poder un nuevo gobierno conservador, deci­dido a evitar que en el país se implementasen reformas en el sistema electoral y se estableciera una democracia parlamentaria plena. Pero pronto estallaron motines de subsistencias y se pudo comprobar que no se podía confiar en el Ejército para mantener el orden, pues los soldados demostraban inmediatamente su solidaridad con los trabaja­dores. En Suecia, como en toda Europa, la izquierda parecía dispuesta a adueñarse de las calles y del poder. El triunfo de los bolcheviques iusos en octubre de 1917 desató una oleada de fiebre revolucionaria en toda Europa. Y también en Suecia. La principal formación de la iz­quierda obrera sueca era el Partido Socialdemócrata. No está demás recordar que en Rusia quien acababa de triunfar, el partido de Lenin, se autotitulaba entonces Partido Socialdemócrata (Fracción Bolchevique -mayoritaria-).

Los conservadores suecos siguieron en el poder casi un año más. A principios de 1918 intentaron que Suecia se implicara directamente en la «Guerra de Independencia» finlandesa, enviando tropas regulares suecas en ayuda de los «blancos» finlandeses -en gran medida com­puestos por miembros de la minoría dominante sueco-finlandesa- con­tra los «rojos» (mayoritariamente compuestos por fineses). La izquier­da sueca se opuso airadamente a este intento de «aplastar la revolución» y el país vivió momentos de gran tensión. Se pensó en la posibilidad de que estallara una Guerra Civil, una situación que en esos momentos se vivía en varios países de Europa con más o menos intensidad (Rusia estaba enfrascada en una a gran escala, Hungría también; en Alemania, Austria e Italia se padecían lo que podríamos definir como «mini-Guerras Civiles»). Finalmente el gobierno no envió tropas suecas a Finlandia, aunque si hubo una amplia representación de voluntarios suecos en las tropas «blancas» de Mannerheim. Norling ya nos contó su historia en «Sangre en la nieve».

En octubre de 1918 una coalición de socialdemócratas y liberales llegó al poder en Suecia. Ante muchos se apareció el fantasma de un «Kerensky» sueco abriendo el camino a un «Lenin» sueco. El temor a una Guerra Civil alcanzó sus máximas cotas. Pero no hubo ningún Kerensky ni ningún Lenin suecos. En realidad, el Partido Socialdemócrata sueco estaba modelado según el funcionamiento del Partido Socialdemócrata alemán, no según el modelo marxista leninista. Así que ese partido aceptó el juego parlamentario. En los años siguientes hubo varios gobiernos, con distintas combinaciones de liberales, socialde­mócratas y conservadores, pero ninguno lograba alcanzar las mayorías parlamentarias precisas para gobernar largos periodos. Hubo que espe­rar a 1932 para que los socialdemócratas se hicieran firmemente con el poder, manteniéndolo firmemente en sus manos durante las décadas siguientes.

Esta evolución política impidió que el fascismo tuviera un caldo de cultivo apropiado en Suecia. El anticomunismo fue uno de los grandes «leit-motiv» del fascismo. En Suecia, aunque por algún tiempo pareció que los comunistas eran un grave peligro, en realidad nunca estuvieron cerca del poder. Otro factor que favoreció el ascenso del fascismo, la crisis del sistema liberal, debido a que los partidos eran incapaces de gobernar de forma estable, tampoco se dio. Es cierto que el país vivió muchos cambios de gobierno entre 1918 y 1932, pero aún así fue mucho más estable que otras naciones europeas. También faltaba en Suecia otro elemento: una pasión nacionalista extendida entre las ma­sas. Hacía un siglo que los suecos se habían instalado en el neutralis­mo y el nacionalismo no era el motor de las masas. Ya vimos con que serenidad se aceptó la segregación de Noruega, un hecho que en otras latitudes hubiera causado un trauma nacional.

A menudo se ha escrito, y con mucha razón, que Hitler nació en Versalles. Versalles significó para Alemania una humillación nacional, que alimentó el deseo de revancha, y el establecimiento de un régimen político que no se caracterizó por su eficacia. Pero no debemos olvidar que si Hitler nació en Versalles, lo que le hizo crecer fue la crisis económica de 1929. Antes de esa crisis su partido era una formación minoritaria, casi marginal.

En el caso de Suecia no hubo ningún Versalles, pero tampoco la crisis la afectó de la misma manera. De hecho, el gobierno socialde­mócrata sueco se dio mucha maña a la hora de capear la crisis, de la que salió reforzado gracias a sus políticas. Aunque suene extravagante, la política económica de los socialdemócratas suecos tenía muchas similitudes con la de Hitler. Ambas fueron del tipo que hoy llamamos «keynesiano»: protección de la agricultura nacional con medidas autárquicas, programa de obras públicas, inyección de dinero público en la economía, racionalización de la producción industrial, etc. Los social­demócratas se aliaron firmemente con los intereses agrarios (algo que no habían sabido hacer los liberales suecos). Otra medida que guarda similitud con la política alemana, es que los socialdemócratas hicieron que el Estado aboliera la autonomía (o mejor dicho, la hegemonía) de los grupos económicos dominantes, sometiéndolos a la disciplina del Estado. El Estado legisló y favoreció los intereses de los obreros sin abolir para ello la propiedad privada (10). En resumen, si en Suecia no hubo que padecer un Versalles, podemos añadir que la forma de capear la crisis del 1929 por los socialdemócratas acabó por anular la posibi­lidad de ascenso de un movimiento fascista.

No estoy tratando de hacer aquí una disertación académica, irrele­vante para el tema que nos ocupa. Cuando se estudia la historia de los voluntarios europeos en la Campaña anticomunista en Rusia, se aprecia el papel central que en su reclutamiento, organización, etc., tuvieron los movimientos fascistas de cada país. De hecho esto ocurrirá tam­bién en Suecia, y así veremos como el principal partido fascista sueco, el SSS, aportará el grueso de los combatientes. La diferencia es que en Suecia el fascismo tuvo un desarrollo mucho menor que en otros países europeos. Desde luego no contribuyó a ello el que la opinión pública los percibiera como imitadores de Alemania. El uso mimético de las. denominaciones o símbolos del nazismo alemán fue una remora.

Queda por plantearse la cuestión de si un gobierno socialdemócrata en Suecia era un obstáculo insalvable para que Suecia hubiera colabo­rado más estrechamente con el III Reich en una cruzada europea contra el comunismo stalinista. Y hay que responder que no. En Fin­landia, aliada del III Reich, los socialdemócratas estaban en el gobier­no. En la Dinamarca ocupada por la «Wehrmacht», donde sin embargo seguían funcionando sus instituciones y celebrándose elecciones, los socialdemócratas en el gobierno aprobaron la formación de una Legión de Voluntarios y hasta hicieron que el país se adhiriera al Pacto Anti-Komintern. Por tanto, un gobierno socialdemócrata en Suecia, si bien no era lo más propicio para que el país secundara a Alemania en la campaña contra Rusia, tampoco tenía porque haber sido un obstáculo insalvable. Las razones para la inhibición de Suecia deben buscarse en otras partes.

Suecia y la Segunda Guerra Mundial

Con la excepción de España, que supone un caso muy concreto y especial, lo que podemos observar es que todas las formaciones de voluntarios europeos que marchan a Rusia provienen de países que, de una forma u otra, se han visto involucrados en la Segunda Guerra Mundial. No es casualidad que no hubiera unidades de voluntarios de Irlanda, Portugal, Suiza o Suecia. «Y es que, cuando un país se ha visto arrastrado al conflicto, siempre es mas fácil encontrar algunos de sus ciudadanos que deciden intervenir en él, de una manera u otra, ya que la guerra ya implicaba a sus países y de lo que se trataba era de que el resultado final fuera el mejor posible para cada país. En los países neutrales la situación es, claro está, muy distinta.

Por ejemplo, cuando se estudian las unidades de voluntarios antico­munistas reclutadas en Noruega, Dinamarca, Holanda, Francia, etc., observamos un hecho muy relevante. Sus miembros eran anticomunis­tas, obviamente; en muchos casos militaban o simpatizaban con el fascismo local. Pero un factor decisivo para muchos de ellos fue el pensar que, de esa manera, podrían demostrarle a los alemanes que podían ser tan buenos soldados como ellos, o bien obtener algo más tangible, que mediante esa colaboración militar con Alemania se obtu­viese que el III Reich permitiera la refundación de sus Ejércitos nacio­nales, abrumadoramente aplastados por la máquina militar germana. Algo digno de ser tomado en cuenta es que muchos noruegos o fran­ceses que marcharon a Rusia como voluntarios se habían enfrentado valiente y ardorosamente a la «Wehrmacht» cuando ocupó sus países.

Naturalmente algo como esto no sucedió nunca en Suecia. Los suecos no sentían que tuviesen que lavar su honor militar ante los ojos de los alemanes, ni pensaban conseguir así que los alemanes, tornados más benevolentes hacia sus países gracias a su sacrificio, permitieran la reorganización de sus respectivos Ejércitos.

Por tanto, la historia de cómo Suecia vivió la experiencia de la Segunda Guerra Mundial es muy relevante a efectos de este estudio y vale la pena detenerse en ella, para comprender el marco histórico en el que se produjo el alistamiento de los voluntarios suecos.

Durante la Primera Guerra Mundial y en el periodo de entreguerras, los tres Estados escandinavos empezaron a tejer una red de políticas de colaboración interestatal. Por encima de las diferencias nacionales, se tomó conciencia de la existencia de unos valores e intereses escan­dinavos que eran globales. Finlandia, alcanzada la independencia, entró en esa misma dinámica «escandinavista». Desde 1936, por ejemplo, Suecia, Dinamarca. Noruega y Finlandia, celebraban conjuntamente un «Día de Escandinavia». Esta solidaridad escandinava será una constan­te y un elemento de gran importancia. Erik Norling ya nos ha mostrado en otros libros, y lo vuelve a demostrar en este, como la mayor parte -por no decir la inmensa mayoría- de los voluntarios anticomunistas procedentes de estos países siempre tuvieron la ambición y el deseo de combatir en el frente finlandés, incluso comprendiendo y aprobando el hecho de que Alemania encabezara la lucha contra la Unión Soviética. En este sentido, la obsesión alemana con incorporar a los noruegos, daneses y suecos en unidades germanas, fue en realidad contraprodu­cente a la hora de aumentar los efectivos reclutados. Si se hubiera seguido una política estrictamente anticomunista, no persiguiendo otro fin que el de reclutar al mayor número de combatientes contra el Ejército Rojo, Alemania no debía haber objetado nada a que esos vo­luntarios sirvieran en las Fuerzas Armadas finlandesas. Lo que en realidad pasaba es que los alemanes pensaban atraerse a voluntarios escandinavos, anticomunistas, para convertirlos de alguna manera en vanguardia de su pangermanicismo.

La política seguida por el III Reich se basaba en su idea de absorber al mundo escandinavo. Debe recordarse que, incluso para los más fanáticos teóricos del racismo alemán, no era posible hablar de una «raza alemana», dadas las evidentes dificultades para decir que todos los alemanes pertenecían al mismo grupo biológico. Esos teóri­cos del racismo argüían que si los alemanes eran una raza superior era precisamente debido a que entre los alemanes predominaban los elementos «nórdicos» sobre otros elementos raciales. Esos elementos «nórdicos» se hallaban en estado «más puro» en los países escandina­vos que en la misma Alemania. Por tanto se debía procurar absorber al mundo escandinavo dentro de un nuevo Reich germánico. Esta «Idea Nórdica», desarrollada por los teóricos alemanes no encontraba un apoyo entusiasta en Escandinavia, ni mucho menos, aunque algu­nos elementos la compartiesen, ya que en definitiva suponía que Suecia, Noruega o Dinamarca pasarían a convertirse en meras pro­vincias de un Gran Reich. Dado que las «ideas nórdicas» nazis no eran material secreto, sino públicamente expresado en libros y artícu­los, no es de extrañar que en Suecia -como en los demás países escandinavos- hubiera mucha suspicacia frente al III Reich y su política exterior. Una de las formas para contrarrestar el eventual expansionismo alemán era estrechar los lazos defensivos entre los escandinavos. En 1935 Finlandia obtuvo el permiso y el apoyo de sus vecinos escandinavos para refortificar las Islas Aland (decisión que se enfrentó a la oposición frontal de la URSS). Pero era una medida de alcance limitado y se pensó en ampliar la colaboración defensiva inter-escandinava a un nivel más alto

En 1938 se reunieron con tal fin los ministros de Asuntos Exterio­res de los cuatro países escandinavos, pero no se llegó a ningún acuerdo porque los daneses temían que adoptar una política defensiva común fuera visto por Alemania como una provocación, que deseaban evitar. Ese mismo año, después del «Anschluss» de Austria, el gobierno socialdemócrata sueco dio un paso significativo: después de muchos años de reducir el gasto militar, Estocolmo decidió iniciar un programa de rearme.

Las nubes de la guerra se estaban adueñando del horizonte europeo y Suecia se encontraba en una delicada situación. Por un lado, las exportaciones de mineral de hierro sueco hacia Alemania eran importantísimas, tanto para Suecia (en 1936 suponían el 76’6 % del valor de las exportaciones de ese mineral) como para Alemania, cuya industria no podía prescindir del mineral sueco. Suecia sabía, por tanto, que Alemania no podía perder esos suministros y que el país era un objeti­vo estratégico para el Reich. Pero, a la vez. la economía sueca estaba estrechamente vinculada con la de países que ya se vislumbraban como enemigos de Berlín. En 1937, mientras que un 15’8 % del valor de las exportaciones suecas tuvieron como destino Alemania, un 32’4 % iban destinados a los países occidentales que se integrarían en el bando aliado. Además, Suecia dependía inequívocamente de ciertas importaciones, como los combustibles líquidos, que le llegaban a tra­vés de países occidentales. El gobierno sueco estaba firmemente deci­dido a mantenerse neutral en la guerra que se avecinaba, pero era muy consciente de los delicados equilibrios diplomáticos y económicos que debería hacer ante los contendientes.

El Ejército sueco también se preparaba para la guerra en ciernes. En la segunda mitad de la década de los treinta, el Estado Mayor trabajó sobre cuatro hipótesis de cómo podía verse involucrada Suecia, para preparar las respuestas adecuadas. El Ejército sueco, o al menos su oficialidad, era más fervientemente anticomunista y rusófoba que su mismo gobierno. Y para ellos el mayor peligro procedía de la URSS. Los cuatro escenarios bélicos contemplados por el Estado Mayor sue­co eran éstos:

1º) La URSS atacaba Finlandia, para anexionársela. La Sociedad de Naciones, de la que Suecia era miembro entusiasta, condenaba la agre­sión e invitaba a sus miembros a contrarrestarla. En un primer mo­mento Suecia ocuparía y defendería las Islas Aland y, después, envia­ría al grueso de su Ejército a ayudar a los finlandeses en el frente de Carelia.

2°) La URSS atacaba directamente a Suecia, por vía marítima. Habría que contemplar un combate naval y terrestre para proteger las Aland, pero se suponía que el Ejército Rojo podía llegar a poner tierra en Suecia, en la región de Estocolmo o más al sur, de donde tendría que ser expulsado.

3º) La URSS atacaba a Suecia, después de haber derrotado a Finlandia. En este caso, el centro de gravedad de la batalla estaría en Suecia central y septentrional, en todo caso al norte de Estocolmo.

4º) Solo como cuarto escenario se contemplaba que la agresión partiera de Alemania, y se especulaba bien con una invasión directa, bien con un ataque a través de Dinamarca. En este caso el centro de gravedad de la batalla estaría en el extremo meridional del país.

Antes de contemplar otras consecuencias de este análisis importa subrayar que para los militares suecos (y para muchos militantes polí­ticos anticomunistas) el espectro de una agresión más o menos directa de la URSS contra Suecia siempre estuvo muy presente durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Incluso simpatizando con la «Cruzada Europea contra el Comunismo», muchos de ellos considera­ban que Suecia estaba directamente amenazada y por tanto, era su deber patriótico fundamental, permanecer en su país para luchar con­tra esa amenaza, tan vividamente percibida.

Que esta amenaza se viera como tan real se debía en alguna medida al deplorable estado que presentaban en 1939 las Fuerzas Armadas suecas. En el caso del Ejército, se contaba con 21 Regimientos de Infantería, una Brigada de Caballería, y ocho Grupos de Caballería independientes… junto a un único Batallón acorazado. Estas fuerzas debían ser combinadas para crear cinco Divisiones, que no existían organizadas como tales, aunque si existían sus Estados Mayores. Los Distintos Grupos de Artillería estaban bajo el control de seis Planas Mayores Regimentales de Artillería.

El Ejército apenas estaba motorizado y no tenía apenas vehículos de combate blindados: de los 64 con que contaba solo 16 llevaban un pequeño cañón de 37 mm. Y el resto estaba dotado con ametrallado­ras. Además la doctrina operativa vigente no contemplaba el empleo de los carros más que como acompañamiento de la Infantería: nada de «blitzkrieg»

No existía una industria aeronáutica nacional, de manera que la Fuerza Aérea contaba solo con aparatos importados: cazas británicos (55 unidades), bombarderos alemanes (40 unidades) y británicos (otras 30 unidades) y torpederos alemanes (10 aviones). La Armada era tam­bién pequeña y relativamente anticuada.

Al estallar la guerra, limitada de momento a las operaciones en Polonia y a la «drôle de guerre» en el Oeste, Suecia ya se encontró en una difícil situación. Dada su ubicación geográfica, todo su tráfico marítimo quedó bajo la doble amenaza alemana y de los Aliados. En diciembre de 1939 Estocolmo ya había negociado los oportunos acuer­dos tanto con el Reich como con los aliados, para mantener abiertas de alguna manera sus rutas marítimas. Pero era evidente que Suecia se encontraba en la difícil situación de que tanto un bando como otro estaban en condiciones de acabar totalmente con el tráfico naval sueco, con lo que ello suponía para la economía del país. Esta situación se mantuvo prácticamente durante toda la guerra y obligó a Estocolmo a hacer delicados equilibrios.

Que los planes del Estado Mayor sueco que señalaban a la URSS como principal enemigo no eran descabellados empezó a verse cuando a principios de octubre de 1939 Moscú empezó a plantear a Finlandia demandas políticas y territoriales inaceptables. Ya el 19 de octubre se reunieron en Estocolmo los Jefes de Gobierno de Suecia, Noruega y Dinamarca con el Presidente finlandés, para tratar de una eventual ayuda militar escandinava a Finlandia. Todos reconocieron que tal ayu­da militar no era viable, pero es muy de destacar la actitud mostrada por el Ministro de Exteriores sueco, Rickard Sandler, en esta reunión, ya que pese a formar parte de un gabinete socialdemócrata, Sandler se manifestó abiertamente partidario de la intervención de Suecia en ayu­da de Finlandia. Es de destacar igualmente la actividad desplegada por la diplomacia sueca en Berlín, Roma, Londres, París, Washington y Moscú en esas fechas, siempre para tratar de evitar que se consumara la agresión soviética contra Finlandia. Esta, sin embargo, se consumó y al empezar diciembre los soviéticos violaron las fronteras finlande­sas. Sandler siguió manifestándose abiertamente a favor de la interven­ción militar directa de Suecia, pero el primer ministro Hansson, lo hizo dimitir, nombrando en su lugar a Christian Günther.

Otro suceso de la mayor importancia este mismo mes de diciembre fue la formación de un Gobierno de Unión Nacional en Estocolmo, en el que junto a los socialdemócratas y agrarios, entraron a formar parte las demás fuerzas políticas de gran peso, los liberales y los conserva­dores. Hansson pudo gobernar en lo sucesivo con un amplísimo por no decir unánime apoyo parlamentario.

La participación de Suecia en la ayuda a Finlandia durante la Guerra de Invierno se materializo en el envío de un Cuerpo de Voluntarios sueco, algo sobre lo que Erik Norling nos han informado mas y mejor que nadie, pero también de otras maneras. En honor de Suecia cabe señalar que el volumen de armas y municiones enviadas a Finlandia fue tal que en realidad puso en peligro la misma defensa del país. Y no está demás subrayar que la ayuda prestada por Suecia a Finlandia aún pudo ser mayor… de no haber mediado el veto de Berlín. En efecto, Berlín necesitaba la benevolente actitud de la URSS hacia el III Reich hasta que se hubiera deshecho de Francia, de manera que fueron los alema­nes los que presionaron ante los suecos para que no se apoyara más a Finlandia. En febrero de 1940, con Finlandia a punto de capitular, Helsinki pidió a Estocolmo una ayuda militar directa y masiva, con la abierta implicación de sus Fuerzas Armadas. Estocolmo tuvo que res­ponder que no, y en marzo Finlandia debió firmar un humillante armis­ticio con el coloso soviético.

En abril de 1940 se desencadenó por parte alemana la Operación «Weserübung»: la ocupación de Dinamarca -lograda fácilmente- y la de Noruega -más costosa en hombres y más larga en duración-. Para Suecia se abrió un escenario totalmente nuevo. Si, como se vio, el Estado Mayor sueco había contemplado una agresión alemana en el extremo meridional del país y existían planes de contingencia al res­pecto, sin embargo jamás se había pensado en una «amenaza por el Oeste» (por Noruega), que ahora si existía.

La nueva situación obligó al gobierno sueco a nuevos equilibrios. Llevado por la solidaridad interescandinava y la percepción del peligro representado por la URSS, Estocolmo había prestado una amplia ayuda a Finlandia. Nada de esto ocurrió en el caso noruego, pues no se facilitaron a ese país ni armas ni municiones (pese a ser requeridas). Es más, desde el mismo mes de abril Estocolmo accedió a una deman­da alemana que, de hecho, era una violación de su política de neutrali­dad: permitir el paso de personal médico, suministros sanitarios ale­mán hacia Noruega septentrional y de heridos alemanes hacia el Reich a través de su propio territorio.

Esto no significa que Suecia viera con buenos ojos esa ocupación alemana de dos de sus vecinos escandinavos: simplemente evidencia que no tenía medios para oponerse a esa situación y que debía con­temporizar. De hecho, la realidad es que las simpatías populares hacia Alemania cayeron en picado. Durante la Primera Guerra Mundial Sue­na había sido un país neutral, pero marcadamente pro-alemán. El ver a los soldados alemanes adueñarse de Noruega y Dinamarca cambió mucho las cosas. Ciertamente el país había cambiado mucho: en la época de la Primera Guerra Mundial el país estaba dirigido por el Rey y los conservadores. Ahora el Rey era un figura decorativa y estaban en el poder los socialdemócratas, cuyas simpatías por el régimen nazi no podían ser muchas. Pero para la opinión pública lo decisivo no era eso sino sentir que además de la amenaza ruso-soviética, ahora exis­tía y como un peligro bien real, la amenaza alemana.

Durante los meses que duraron los combates en Noruega, los ale­manes presionaron para que también se dejaran transitar por suelo sueco armas y municiones para sus soldados que combatían en una desesperada batalla por Noruega septentrional. Estocolmo se negó en redondo. Varias decenas de aviones germanos que violaron el espacio aéreo sueco fueron obligados a tomar tierra e internados. Y Suecia decretó una movilización general, aumentando sus efectivos militares hasta los 400.000 hombres.

La apabullante derrota de los Aliados en la Campaña del Oeste, que demostró la increíble eficacia bélica de los alemanes, aumentó la desa­zón de los gobernantes suecos. Ni nada ni nadie parecía poder detener a la «Wehrmacht». Así que en junio de 1940 Estocolmo decidió que debía acceder a las demandas alemanas para permitir que los soldados alemanes fueran y volvieran entre Alemania y Noruega, en sus viajes de permiso o para recibir atención médica, a través de Suecia, así como que material y equipos militares alemanes pudieran viajar de una parte a otra de Noruega a través de territorio sueco cuando ello fuera conveniente. No se trataba de un hecho anecdótico. Muy pronto eran tres trenes a la semana los que movían soldados alemanes a través de Suecia con destino a Noruega, y aunque normalmente viajaban desar­mados, en algunos casos se autorizaba que fueran con sus armas. A finales de 1940, 133.135 militares germanos habían viajado desde No­ruega a Alemania a través de Suecia, mientras que 129.105 lo habían hecho en sentido contrario. Para la misma fecha los alemanes habían hecho atravesar por Suecia un total de 450 vagones de ferrocarril cargados con material de guerra.

La situación de clara hegemonía de que gozaba el III Reich obligaba a Suecia a aceptar estos hechos, que violaban abiertamente su neutra­lidad. Pero las suspicacias suecas respecto a los planes anexionistas de Berlín tenían además otros orígenes. A poco de desencadenarse la Operación «Weserübung», una delegación sueca del mayor nivel había viajado a Berlín. La presidía el vicealmirante Fabián Tamm y llevó una carta del Rey -conocido por su germanofilia- donde se le indicaba al «Führer» que Suecia defendería su neutralidad a toda costa. Hitler no se recató de exponer ante sus interlocutores suecos que para él el futuro de Suecia no era otro que el de una cada vez más estrecha «colaboración» con el Reich. Dicho de otra manera: el destino de un país satélite.

Sin embargo, Hitler creía que su ofensiva contra el «particularis­mo» sueco iba a encontrar simpatías en Estocolmo. Los planificado-res económicos alemanes, por ejemplo, no se recataban a la hora de proponer a los empresarios suecos el que se unieron al esfuerzo industrial armamentístico alemán. Y como Suecia no tenía en esos momentos otra fuente de donde conseguir armamento para fortalecer su defensa que a través de productos y patentes alemanas, algunos de esos contactos se materializaron, y por tanto parecía que si, que en efecto Suecia estaba dispuesta convertirse en una satélite de Ale­mania. En los círculos militares germanos, por su parte, se tomaba nota que sin la benevolente actitud sueca respecto al tránsito de soldados y equipos militares hubiera sido imposible reforzar el extre­mo septentrional de la Noruega ocupada para hacer frente a incursio­nes de los Aliados, de manera que también se pensaba en que Suecia estaba aceptando su papel de satélite.

En cambio, en Berlín no querían ni oir hablar de un reforzamiento de los lazos entre Finlandia y Suecia. Desde mediados de 1940 no era raro oir en Estocolmo y en Helsinki sobre proyectos de federar ambos Estados, volviendo así a una situación como la anterior a la anexión rusa de Finlandia. Berlín se opuso frontalmente a este proyecto «escandinavista». En primer lugar, porque reforzaría la autonomía de Fin­landia, a la que se pensaba atraer para la guerra contra la URSS que se planeaba ya febrilmente. Y en segundo lugar porque cualquier «bloque escandinavo» estaba en contradicción con la idea de absorber a los «germanos del Norte» en un futuro Gran Reich Germánico.

En diciembre de 1940 los planes de ataque contra la URSS se discutían ya al más alto nivel en Berlín. Qué papel podía jugar Suecia fue estudiado. En principio se consideró que bastaría con obtener el permiso sueco para transportar tropas alemanas con destino a Finlan­dia septentrional, pero que no haría falta más colaboración sueca en una campaña que se suponía de corta duración. En algún momento se consideró la oportunidad de contar con un apoyo sueco más activo y se barajó la posibilidad de «premiar» a Suecia obligando a Finlandia a entregarle las Islas Aland. Pero finalmente no se incrementó la presión sobre Suecia, por parecer contraproducente. El proyecto alemán para mover tropas propias con destino a Finlandia septentrional a través de suelo sueco fue archivado, y esos transportes se realizaron por vía marítima.

Los suecos no tardaron en darse cuenta que Alemania preparaba una próxima campaña contra la URSS. La idea no disgustaba al seg­mento más germanófilo y antisoviético de la Administración sueca: sus Fuerzas Armadas. En abril de 1941 la Embajada alemana en Estocolmo informaba a Berlín que el Jefe del Estado Mayor sueco, el general Olof Thörnell consideraba que el conflicto germano-soviético afectaba a los intereses vitales de Suecia y que el país debía alinearse junto a Berlín y Estocolmo. A los alemanes no les costaba mucho estar al tanto de los sentimientos de los militares suecos. Después de todo, en la «Asociación Sueco-Alemana», de la que nos hablará Norling en su texto, encontrábamos, como afiliados, a cerca de 70 oficiales suecos de alta graduación.

Por las mismas fechas el Ejército sueco seguía aumentando sus electivos, que en 1941 alcanzarían a ser de 36 Regimientos de Infante-ría, 13 Grupos de Caballería, 7 Regimientos de Artillería… pero solo 2 Batallones acorazados. También se habían aumentado los efectivos navales, comprando seis nuevos buques de guerra a la Italia fascista. Su llegada a Suecia, en junio de 1940, estuvo rodeada de problemas, pues los británicos habían detenido a las naves, ya con pabellón sueco, a la altura de las Islas Feroe. Cuando finalmente la «Royal Navy» las dejó pasar, las naves fueron atacadas, aunque no alcanzadas, por la «Noval Air Forcé».

Muy poco antes de lanzarse la Operación «Barbarroja», el diplo­mático alemán Schnurre sondeó al gobierno sueco sobre su postura ante la eventualidad de una guerra germano-soviética. Los políticos suecos fueron claros: no participarían en una operación militar contra Rusia. Pero dejaron abierta la puerta a algún tipo de colaboración no directamente militar una vez el conflicto hubiera estallado. Los ale­manes les tomaron la palabra y el mismo día 22 de junio en que se iniciaba el ataque a la URSS, Schnurre pidió a Estocolmo permiso de tránsito para que una División alemana estacionada en Noruega me­ridional, la 163a División de Infantería (bajo el mando del general Erwin Engelbrecht). Los alemanes hicieron constar expresamente que la citada unidad debía participar en el asedio a la ciudad-fortaleza de Hanko, que Finlandia había debido ceder al Ejército Rojo y que, debido a su posición geográfica, era en realidad una «amenaza» para toda Escandinavia.

La solicitud alemana provocó una profunda crisis política en Sue­cia, pero finalmente fue aceptada y ya el 26 de junio (el mismo día en que Finlandia entraba oficialmente de nuevo en guerra contra la URSS) los convoyes ferroviarios que transportaban a los soldados de la 163a División rodaban hacia Finlandia por suelo sueco. Sin embargo, a la vez, Suecia hizo saber que nunca más autorizaría una operación como esa. En cambio si autorizó a que la «Luftwaffe» utilizara su espacio aéreo en misiones de enlace (aviones correo) entre Alemania y Finlan­dia septentrional.

La decisión del gobierno de no llevar más allá su implicación no fue del agrado de los círculos militares. El general Thörnell deseaba algún tipo de acción por parte de su país, al menos la ocupación y fortifica­ción de las Islas Aland, algo que indirectamente ayudaría a los alema­nes. No se trataba solo de apoyar a Finlandia, como en la Guerra de Invierno. Se daba por descontado la victoria alemana y lo oportuno parecía hacer algún gesto que permitiera a Suecia gozar de más mar­gen de maniobra de cara a la reordenación de Europa bajo la hegemo­nía alemana.

Estos mismos círculos militares que presionaban a favor de algún tipo de intervención en la guerra demandaron al gobierno la prohibición y persecución del Partido Comunista sueco. Aquel verano de 1941 se produjeron dos sucesos que los militares suecos calificaron inmediata­mente como «actos de sabotaje comunistas». En julio una explosión hizo volar por los aires un convoy ferroviario cargado de municiones en Krylbo. En septiembre una explosión en una base naval al sur de Estocolmo provocó la pérdida de tres barcos de guerra.

Pero el gobierno resistió las presiones militares para una mayor implicación en la guerra y en agosto negó enfáticamente el permiso pedido por la «Wehrmacht» para que la 6a División de Cazadores de Montaña viajara desde Noruega septentrional a Finlandia través de Suecia. El PC sueco no fue ¡legalizado (con la protesta de Berlín). Y la piensa sueca, que en buena medida había saludado el inicio de la campaña contra la URSS, al cabo de pocos meses empezó a denunciarla como una operación puramente de conquista. Alemania no dejó de acusar a Suecia de permanecer ciega ante el significado de la lucha que se estaba librando en el frente del Este, pero a eso se respondía desde Estocolmo que más que una Cruzada anticomunista se libraba una guerra por anexionarse territorios. Que esos planes anexionistas alemanes con respecto a Rusia y Ucrania existían no era ningún secre­to para los gobernantes suecos, porque de hecho el gobierno alemán invitó a empresas suecas a participar «en la explotación económica de los territorios ocupados del Este» y proyectos análogos se presentaron ante el mismo gobierno sueco.

Durante los meses siguientes las relaciones sueco-germanas siguieron sufriendo continuos altibajos. Algunas veces Suecia cedía a peti­ciones de entrega de camiones, de permisos de tránsito para pequeños grupos soldados entre Finlandia y Noruega, etc., otra vez se negaba a otras peticiones análogas.

En esta evolución no podemos olvidar las presiones constantes que Suecia recibía de Inglaterra y (desde diciembre de 1941) de los Esta­dos Unidos. Era de esos países de donde Suecia recibía productos vitales, como el petróleo, que Alemania no le podía facilitar. Además, desde diciembre de 1941, Inglaterra estaba formalmente en guerra contra Finlandia, y no cabía descartar operaciones militares aliadas en el sector más septentrional de Escandinavia, que finalmente llevaran a Suecia a la guerra. Una actitud más favorable hacia Alemania y/o Finlandia podía precipitar una acción militar de los Aliados que acabara llevando al país a la guerra.

En la posición sueca intervenía también el creciente disgusto por la política de ocupación alemana en Noruega, vista con ojos muy críticos en Suecia, donde los lazos con el país vecino no eran solo a nivel estatal, sino incluso se daban en infinidad de familias. Cuando, a partir de 1943, la política de ocupación alemana también se endureció en el caso de Dinamarca, aumentó el descontento  sueco.

En este difícil contexto se debe situar la política del gobierno con respecto al alistamiento de voluntarios anticomunistas suecos. Los agentes alemanes en Estocolmo habían podido informar a Ber­lín a poco de empezar la campaña de Rusia que los militares suecos estaban a favor de la intervención directa en el frente finlandés, y que en los planes que habían presentado a su gobierno se incluía el de enviar a Finlandia toda una División sueca así como una forma­ción aérea. Berlín no tenía nada que objetar a esos planes, pero muy pronto manifestó en Estocolmo su deseo de contar con voluntarios suecos para servir en sus propias Fuerzas Armadas. La respuesta del gobierno sueco, y Norling nos describe muy bien ese episodio, fue la de tolerar si acaso el envió de oficiales suecos que se incoporarían en unidades alemanas, y aunque pudieran intervenir en com­bates en realidad actuarían más que nada como observadores, para mejorar su cualificación profesional actuando en el seno de una máquina militar, la alemana, que parecía capaz de enseñar mucho. La idea no cuajó, entre otros motivos porque el Ministro alemán de Exteriores, Ribbentrop, la rechazó irritado. No era eso lo que Ale­mania deseaba.

Al final la participación de voluntarios suecos formando unidades nacionales propias se limitó al Batallón que combatió ante Hanko y, tras su disolución en diciembre de 1941, a la Compañía que combatió en Carelia. El gobierno sueco se cerró en banda a autorizar la formación de una unidad de voluntarios suecos para integrarse en el Ejército alemán. Las páginas que siguen mostrarán con detalle las consecuen­cias de esta decisión: los tremendos problemas para reclutar volunta­rios en Suecia, su reducido número, etc.

En todo caso, también hay una responsabilidad alemana, evidente, en que Suecia no aportara más voluntarios. Los errores políticos co­metidos por el III Reich, apenas ocultando sus proyectos anexionistas con respecto a Escandinavia, convirtiendo lo que debía haber sido una «Cruzada Anticomunista» en una guerra de conquista, etc., dañaron las simpatías hacia Alemania. Berlín fue incapaz de darse cuenta que, incluso aquellos suecos que acabaron sirviendo en sus filas, tenían como objetivo proteger y defender Escandinavia más que convertirse en avanzadillas de la dominación alemana. Como Norling elocuente­mente nos demostrará, casi todos ellos habían servido en Finlandia antes de unirse a la «Waffen SS». Y aunque muchos tenían una abierta simpatía por Alemania y el nazismo, con sus tesis pangermanicistas, si al final habían optado por vestir el uniforme alemán fue más bien por pensar que de esa manera eran más eficaces en la lucha anticomunista, incluso en 1943 hubieran ido más a gusto al frente finlandés (eso si, con uniforme de las tropas de élite de la «Waffen SS») que a cualquier otro sector del frente.

La evolución de la guerra no hizo sino frenar y disminuir las posibi­lidades de que los suecos se incorporaran a las filas alemanas. Ya en la primavera de 1942 los gobernantes suecos empezaron a temer una invasión militar y ocupación alemana. Correspondientemente, trataron de obstaculizar que más suecos se presentaran para servir en las filas germanas. En realidad los alemanes no elaboraron ningún plan para actuar militarmente en Suecia tan pronto.

En 1941 lanzar una operación militar contra Suecia hubiera sido absurdo. Las cosas cambiaron a lo largo de 1942, cuando Hitler comprendió que la victoria en Rusia ya no era tan fácil y empezó a temer que los Aliados occidentales intentaran echar pie a tierra de nuevo en el continente europeo. Noruega parecía ser el objetivo perfecto, como lo sugerían diversas acciones de comandos lanza­das contra ella, pero también el hecho de que a través de la Norue­ga septentrional los Aliados podían enlazar directamente con la URSS. ¿Qué haría Suecia en caso de una gran invasión anglo-norteamericana contra Noruega? Simplemente con que cerrara sus fronteras a toda exportación hacia Alemania ya causaría un daño irreparable a la economía de guerra del Reich, que se colapsaría sin el mineral de hierro sueco. Por tanto se contempló la necesidad de tener que invadir Suecia.

Los alemanes partieron de la hipótesis de un ataque aliado contra Narvik, el puerto a través del cual llegaba el mineral de hierro a Alema­nia cuando el Báltico se helaba. Como primera medida se acumularon en Noruega septentrional municiones y víveres en gran cantidad, pues se suponía que las tropas germanas en aquella remota región quedarían muy pronto aisladas. Y el Alto Mando de la Wehrmacht, OKW, ordenó

(«) que se formularan planes tanto para defender Noruega como para ocupar Suecia.

La autoridad militar que debía implementarlos era el «Armee Oberkommando Norwegen» (Mando del Ejército en Noruega). Debería reci­bir nuevas tropas desde Alemania, y con ellas y mediante el redespliegue de sus fuerzas constituir una reserva operativa dispuesta para lanzarse a operaciones defensivas (contra los invasores) u ofensivas (contra Suecia). La única unidad blindada en el país era la 25a División Panzer, pero ésta era una División subequipada (además con blindados de botín de guerra) y más dedicada a la tarea de instruir personal que pensada para combatir. En todo caso, fue su comandante, Adolf von Schell, quien formuló el plan operativo para ocupar Suecia, presentán­dolo a principios de marzo de 1943.

Von Schell era muy consciente de la poca consistencia de sus fuerzas. La mayor parte de las Divisiones alemanas en Noruega eran Divisiones «estáticas» («bodenstandige»), sin ningún medio motoriza­do, aptas sólo para cubrir sectores defensivos. Se le prometió que se enviaría al menos una nueva División Panzer y otra motorizada. Con esta presunción Von Schell diseñó una operación divida en dos fases y articulada en dos grupos de operaciones. En la primera fase, y par­tiendo desde Noruega Central (región de Trondheim), su División Pan­zer, apoyada por una División de Infantería y elementos paracaidistas, atacaría enérgicamente en dirección al Golfo de Botnia, para adueñarse de la región minera antes de que pudieran hacerse con ella las tropas aliadas que supuestamente habrían desembarcado en Narvik y se diri­girían hacia ella. Dada la debilidad de los efectivos alemanes, Von Schell dio máxima importancia al empleo de tácticas muy agresivas así como a lograr una total supremacía aérea. Como en los «viejos buenos tiempos» de la «blitzkrieg»‘. Se esperaba vencer así a los suecos, a los que se suponía poco familiarizados con la guerra moderna.

Una vez obtenido el éxito se lanzaría la segunda fase del ataque, con el avance de una División Panzer, otra motorizada y dos de Infan­tería desde la región de Oslo hacia Estocolmo. Aquí habría que enfren­tarse con el grueso del Ejército sueco. Von Schell pidió que la «Kriegsmarine» apoyara este ataque con acciones navales y anfibias, que mantuvieran lo más desperdigado posible a los suecos.

La «Kriegsmarine» se mostró muy escéptica, arguyendo que no disponía de medios y que lanzarse a una operación de ese tipo sin haber anulado totalmente a la Flota Roja del Báltico era demasiado arriesgado Aunque ésta estuviese enclaustrada en buena parte en su base de Kronstadt, en la primavera y el verano de 1942 sus submari­nos habían hecho reaparición el Mar Báltico, echando a pique 18 barcos mercantes (trece alemanes y cinco suecos), luego eran un peligro a considerar seriamente.

El Comandante Militar alemán en Noruega, von Falkenhorst, ordenó realizar maniobras y «juegos de guerra» de Estado Mayor, para poner a prueba y preparar las operaciones diseñadas por Von Schell. En abril llegaron nuevas tropas y la 25a División Panzer fue reforzada. En junio de 1943 los efectivos germanos en Noruega alcanzaron su máximo, con trece Divisiones del Ejército y una División de Campaña de la Fuerza Aérea. Pero la suerte de las armas era contraria al Reich en todos los teatros de operaciones. La ofensiva contra Kursk acabó en fracaso. Los Aliados echaron pie a tierra, pero no en Narvik, sino en Sicilia (provocando la caída de Mussolini). Von Falkenhorst nunca recibió nuevas tropas «panzer», mucho más necesarias en otros fren­tes Al contrario, en el verano de 1943 la situación política se deterioró tanto en la Dinamarca ocupada que los alemanes tuvieron que desar­mar al Ejército danés, que hasta entonces había mantenido sus unida­des alistadas. Esta misión le fue encargada, entre otras tropas, a la 25a División Panzer, que con tal fin abandonó Noruega. Nunca volvió al norte, pues tras un periodo de reequipamiento en Francia fue enviada al frente del Este.

Los planes para ocupar Suecia fueron cayendo en el olvido. Principalmente porque al no atacar los aliados Escandinavia no eran necesarios. Pero si se hubiera producido ese ataque, la «Wehrmacht» no hubiera dispuesto de medios ni tropas para lanzarse contra Suecia. Por fortuna para los suecos, los planes de la «Wehrma­cht» contra su país no pasaron de ser meros proyectos de los Estados Mayores.

Pero en el tema que aquí nos ocupa, el de los voluntarios suecos, esta situación fue relevante. En 1941 se podía «hacer la vista gorda» si algún grupo de suecos conseguía alcanzar Alemania para unirse a sus tropas. Desde 1942 el gobierno sueco era mucho mas restrictivo al respecto y las operaciones clandestinas de reclutamiento podían ser vistas y de hecho lo eran como un proyecto para crear una «quinta columna» y por tanto, más perseguidas por los organismos de seguri­dad.

Además, una vez que la balanza de la guerra se inclinó hacia los Aliados, Estocolmo empezó a romper vínculos (especialmente los eco­nómicos, que eran los más importantes) con el III Reich, debido a las crecientes presiones de Londres y Washington. A partir de principios de 1943 los Aliados presionaron, con éxito creciente, para que Suecia redujera drásticamente sus exportaciones hacia el III Reich. Y también para que interrumpiera todo tráfico militar alemán, terrestre o aéreo, entre Alemania, Noruega y Finlandia. Con problemas más acuciantes en todos los frentes, Berlín poco podía hacer para contrarrestar las presiones aliadas sobre Suecia.

Muy significativo fue también el creciente apoyo de Estocolmo a la Noruega y Dinamarca ocupadas por Alemania, que viene a demostrar la fuerza de los sentimientos «panescandinavos», que Berlín no había querido reconocer. En abril de 1943 empezaron a organizarse en Sue­cia contingentes armados noruegos. En principio se trataba de fuerzas «policiales», que debían ser empleadas para mantener el orden en el vecino país al acabar la ocupación alemana. Pero no era para nadie un secreto que aquellas fuerzas «policiales» recibían instrucción y equipa­miento militar. En abril de 1943 el gobierno sueco autorizó la forma­ción de este contingente noruego con unos efectivos de 1.500 hom­bres, pero en noviembre la autorización se amplió a los 8.000 y en el otoño de 1944 ya se alcanzaron los 12.000. Otra cosa, muy distinta, es que aquel contingente se distinguiese por su espíritu marcial.

En octubre de 1944 los soviéticos, en persecución de los alemanes que se retiraban desde Finlandia, habían entrado en suelo noruego. El gobierno noruego en el exilio en Gran Bretaña decidió enviar «tropas propias» a Noruega septentrional, para contribuir a su liberación. Una

Compañía fue enviada desde Inglaterra y desembarcó en Murmansk, para unirse a los soviéticos. Ya en 1945, unos 1500 noruegos de aquel mini-Ejército organizado en Suecia se les unieron. Pero no consta que m unos ni otros desarrollaran ninguna acción destacada contra los alemanes, aunque ya estaban en plena derrota.

También se permitió crear unidades danesas sobre suelo sueco desde diciembre de 1943. El contingente original, de 500 hombres, se amplió antes de que acabara la guerra a un puñado de miles. Pero esta Brigada Danesa» no volvió a su país hasta después la capitulación alemana, sin disparar ni un solo tiro.

Sin embargo, la existencia de estas tropas noruegas y danesas sobre suelo sueco viene a demostrar la fuerza de los sentimientos «panescandinavos», mucho más fuertes que los «pangermanicistas». De alguna manera los mismos alemanes lo habían acabado reconocien­do al agrupar a todos sus voluntarios noruegos, daneses y suecos en una única División, la «Nordland». Pero, como se puede decir de otros muchos aspectos de la política europea de Alemania en la Segunda (hierra Mundial, fue demasiado poco y demasiado tarde. En 1941, una llamada a los escandinavos para unirse a la cruzada anticomunista y luchar en el frente finlandés hubiera tenido un éxito masivo si, además, no hubiera existido ningún proyecto o planteamiento anexionista hacia Escandinavia.

Erik Norling nos cuenta en su libro como en Berlín se hicieron grandes planes para reclutar suecos. Los suecos, germanos de la más pura raza nórdica, eran los voluntarios ideales. Al final, solo un puñado de ellos sirvió en las filas alemanas, mientras que decenas de miles de españoles o croatas, escasamente nórdicos, se unieron a la Cruzada contra el Comunismo. Una sutil ironía de la historia.

Personalmente nunca creí que la historia de los voluntarios suecos en la «Waffen SS» pudiera ser escrita, por su pequeño número. Lo poco que sabía sobre ellos era la información contenida en la obra clásica de K. G. Klietmann, «Die Waffen SS – eine Dokumentation» (12). En ella se reproduce un documento de mayo de 1940 relativa al origen de los hombres que entonces servían en la «Waffen SS» . El documento cita solo a tres suecos, dos de ellos sirviendo en la División SS «Totenkopf y otro en los «SS Totenkopf Standarte». Otro docu­mento, también reproducido por Klietmann, con fecha de enero de 1942 cita a 39 suecos, mientras que habla de la presencia en la misma fecha de 1.883 noruegos, 4.814 holandeses, 1.571 flamencos, etc. Curiosamente, es más difícil escribir la historia de un pequeño contin­gente de una gran unidad, porque ese pequeño contingente, desperdi­gado en un cuerpo militar de tamaño gigantesco y en constante expan­sión, apenas deja huellas documentales. El mérito, excepcional, de Erik Norling, ha sido el de saber rastrear todas las huellas, hasta ofrecernos una ajustada visión de conjunto.

Pero que fueran solo un puñado no disminuye su importancia. Lo único que viene a demostrar es que, pese a todos los pesares, a los errores alemanes, a los errores suecos, hubo combatientes suecos en el frente del Este entre 1941 y 1945. Muchos cientos en Finlandia, bastantes menos en las filas alemanas. Otro contexto político hubiera hecho que su cifra se multiplicara. Y las graves dificultades que tuvie­ron que sortear para estar presentes en aquella lucha son la prueba de la profundidad de su compromiso.

En todo caso, esta es una historia que no debía seguir oculta. Aunque en la historia de un conflicto que puso bajo las banderas a cincuenta millones de hombres estos dos centenares de suecos no suponen más que una gota en un océano, su historia no puede quedar silenciada.

PRÓLOGO

 

 

Para la inmensa mayoría de los europeos Suecia siempre se ha presentado como el ejemplo de un país que ha sido capaz de mantener su neutralidad y evitar así todas las guerras que han arrasado el conti­nente durante los últimos siglos. Desde 1814 no ha estado en guerra (a excepción de las escaramuzas con Noruega en 1905) y la política tanto interna como exterior del país ha sido un paradigma de una hábil política de neutralidad, lo que ha despertado la admiración mundial. Sin embargo ello no impedirá que muchos suecos decidieran participar en las aventuras bélicas que se sucedieron por el orbe durante el siglo XX. Durante el conflicto de los Bóers en Sudáfrica, un cuerpo escan­dinavo combatió bajo los colores de los colonos blancos contra el Imperio Británico (l3). En la Primera Guerra Mundial los voluntarios suecos en el ejército alemán fueron muchos, al igual que muchos suecos estuvieron presentes en Finlandia, en Rusia y en el Báltico en las guerras contra los comunistas entre 1918 y 1920. Idéntico sentimiento voluntario se desatará cuando estalle la Guerra Civil española, pero en este caso será de signo ideológico contrario, ya que la guerra española atraerá a centenares de brigadistas internacionales de Suecia para defender a la República; uno de cada tres yace enterrado bajo el suelo de España. Finalmente no podemos olvidar a las tropas volunta­rias suecas de la ONU, los famosos «cascos azules», que han estado presentes desde 1945 en los numerosos conflictos donde este organis­mo internacional ha participado con fuerzas de interposición: Israel, Líbano, Congo, los Balcanes, etc.

El momento en que Suecia, como Estado, estuvo más cerca de entrar en conflicto fue durante la Guerra de Invierno, en 1939, cuando los rusos atacaron sin previo aviso a Finlandia. Entonces el Gobierno y el país por completo apoyaron la causa del país hermano, aunque finalmente Suecia no llegó a intervenir como tal. Doce mil voluntarios suecos, muchos de ellos militares profesionales, con el beneplácito de las autoridades suecas, acudieron a sostener en el frente de batalla a sus hermanos finlandeses. Es una cifra enorme si se tiene en cuenta que, por entonces, la población de Suecia apenas era la de Madrid y su área metropolitana hoy en día. Fue una breve experiencia, pues en marzo de 1940 cesaron los combates, pero resultó decisiva para que el sentimiento anticomunista se desatara por todo el país.

Al conocerse el inicio de la Operación «Barbarroja», en junio de 1941, y saberse que el ataque alemán contra la URSS era apoyado por Finlandia, rápidamente millares de suecos volvieron a alistarse para combatir a los rusos. Pero la situación era ahora otra, radicalmente distinta; a diferencia de lo ocurrido durante la Guerra de Invierno, el Gobierno sueco no estaba abiertamente por sostener esta intervención militar y los partidos de iz­quierda abogaban por una política de neutralidad estricta. Los finlandeses eran en esta ocasión aliados de la Alemania nacionalsocialista y la atacada era la URSS, aunque fuese un ataque defensivo, para adelantarse a un ata­que soviético. A pesar de ello, cerca de tres mil voluntarios suecos partici­parán vestidos con uniforme finlandés, encuadrados en unidades pura­mente suecas o en aquellas sueco-parlantes, pues no debemos olvidar que Finlandia es bilingüe (el sueco y el finés son idiomas oficiales), debido a los lazos ancestrales existentes entre ambos pueblos. Su historia la he narrado en mi libro «Sangre en la Nieve», de esta misma colección, por lo que no nos detendremos en ellos.

Queremos en esta ocasión presentar uno de los capítulos más des­conocidos de la historia reciente de Suecia, un apartado histórico que ha sido deliberadamente relegado al ostracismo pues era un tema «po­líticamente incorrecto» el reconocer que voluntarios suecos combatie­ron en las maldecidas unidades de la Orden Negra, de las SS. Atrever­se a narrar esos hechos contradecía la machacona versión oficialista que nos quería presentar una imagen «democrática» y «neutral» de Suecia.

Durante la Segunda Guerra Mundial cerca de tres centenares de súbditos suecos se alistaron como voluntarios en las unidades de élite de la «Waffen-SS». Los soldados suecos de Hitler, como les ha bautiza­do la propaganda de posguerra, provenían de todos los ambientes sociales, desde familias muy humildes hasta miembros de la aristocra­cia. Entre ellos encontramos a idealistas, la mayoría, convencidos mi­litantes nacionalsocialistas, que buscaban hacer realidad los sueños de una Nueva Europa – condición que les hizo optar por Alemania en vez de ir a Finlandia-. No faltarán aventureros y buscadores de fortuna, pero también habrá padres de familia, profesionales, estudiantes, traba­jadores manuales y obreros. Cerca de un tercio de éstos tenían lazos familiares con Alemania, pero la mayoría tendrán que aprender el idio­ma alemán a marchas forzadas en los campos de batalla junto a sus camaradas alemanes. Dejarán escrita su huella en los campos de batalla de Rusia, en el Báltico, en el frente occidental, en Italia, y en los Balcanes, acabando algunos de ellos en las mismas ruinas de Berlín, en mayo de 1945. Sus experiencias bélicas les hicieron escribir una de las páginas más gloriosas de la historia militar sueca, participando en las batallas más sangrientas en que jamás soldados suecos hayan tomado parte. A su regreso a Suecia tras la caída del Tercer Reich – los afortunados, pues cerca de medio centenar quedará sepultado en los campos de Europa, más un centenar largo que cayó en el Frente Finlandés- la sociedad no les aceptará, por lo que optaron por no hacer públicas sus experiencias.

Tras la guerra muchos siguieron ligados a grupos de la extrema derecha sueca. Casi todos persistieron en sus convicciones. Algunos emigraron a países donde eran mejor considerados, como los de las Américas. Se convirtieron en una especie de mito para las nuevas hornadas de militantes nacionalistas en Suecia, los únicos que tenían conocimiento de la existencia de estos veteranos, y para quienes representaban una imagen idealizada de un pasado glorificado y heroico.

Hubo que esperar hasta mediados de la década de los 80 para que un joven historiador sueco, Lennart Westberg, pudiera escribir un bre­ve artículo sobre este tema en una publicación oficial del Museo del Ejército sueco. Su trabajo causó sensación y a partir de ese momento la prensa sensacionalista intentó localizar a los «soldados suecos de Hitler», pero pronto todo cayó en el olvido, y hubo que esperar quince años antes de que alguien se atreviera de nuevo a adentrarse en la materia. En 1999 un periodista sensacionalista sueco, Bosse Schón, produjo una serie de tres documentales para la televisión pública sueca sobre estos voluntarios y publicó un libro sobre el tema, que pronto fue seguido de otro, con más datos procedentes de los archivos de la policía secreta sueca, que había investigado a estos voluntarios durante décadas. El trabajo aportó material nuevo pero, ante todo, desató un enorme debate en la sociedad sueca, en parte gracias al estilo polemista del periodista. Afirmará Schon, sin aportar prueba alguna, que volunta­rios suecos habían participado en masacres contra la población civil, que habían sido guardianes en campos de concentración, etc., desmiti­ficando así la imagen idealizada del voluntario, a quien se suponía un hombre que partió hacia la guerra por puro idealismo. Con el tiempo se demostró que la mayoría de sus acusaciones eran infundadas; su tra­bajo, aún cuando aportaba datos interesantes, era un mero exponente de periodismo sensacionalista, destinado a desprestigiar la memoria histórica y lograr un éxito de ventas. Sin embargo, gracias al debate que provocó, las nuevas generaciones de suecos pudieron conocer la existencia de este grupo de valientes.

La reacción provocada por los documentales de Schon hizo que me decidiese a dar forma a la documentación que había ido recopilando durante veinte años y comenzara a escribir, aún como borrador, la verdadera historia de estos voluntarios suecos para que los lectores en español pudieran conocerla. Me acerqué a muchos voluntarios, asistí a sus reuniones, recibí la colaboración de numerosos archivos y de personas que, a su vez, tenían contacto con veteranos y habían reco­pilado material que podía ser utilizado. Finalmente, tras años de bús­queda de información, me creí con fuerzas para comenzar a transcri­bir y ordenar el material recopilado.

La primera dificultad que se encuentra un historiador cuando no hay trabajos previos sobre los que basarse es: ¿por donde comenzar? En este caso, además, al ser la historia de un puñado de hombres, desperdigados en una rama de las Fuerzas Armadas alemanas, la «Waffen SS», que reunía cerca del millón de hombres, siempre corremos el riesgo de estar focalizando excesivamente sobre individualidades. ¿Cómo abordar el tema? Podíamos, bien presentarlo como biografías indivi­duales, como ha optado por hacer Vincenz Oertle en su completo ensayo sobre los voluntarios suizos; o bien cronológicamente; o por unidades, aunque ello signifique que en ocasiones se entrecrucen des­tinos y personajes, pareciendo reiterativo para el lector.

Tras analizarlo nos decidimos por el último método, esperando comprensión por parte del lector, y suponiendo que tiene los suficien­tes conocimientos para poder seguir el relato sin que tengamos que detenernos en profundidad en describir las circunstancias de cada uno de los episodios globales en donde participaron voluntarios suecos. En ocasiones podrá el lector, y de ahí nuestra solicitud de comprensión, considerar que le prestamos atención a un determinado personaje, mientras que en otro momento pasamos de puntillas sobre un episodio crucial de la contienda. Se entiende, como hemos señalado, que el lector está familiarizado con la nomenclatura, estructura e historia de las unidades de voluntarios de la «Waffen-SS», así como el desarrollo de la campaña del Este.

De esta forma se comenzará con dos capítulos preliminares, uno sobre el fascismo sueco y otro sobre el movimiento de voluntarios sueco hacia Finlandia. El análisis general de la situación de los grupos nacionalsocialistas y fascistas en la Suecia de la preguerra, y el devenir posterior de los mismos se hace preciso, ya que no se puede compren­der el movimiento voluntario sueco contra el comunismo sin tener una visión de conjunto del nacionalsocialismo sueco, tema que ha sido absolutamente obviado en otros textos, cuando en realidad fue de una importancia superior a la que hoy en día se cree. Como tampoco es posible analizar este tema sin conocer, aunque sea de pasada, la histo­ria de los voluntarios suecos que combatieron bajo los colores de Finlandia, aunque este capítulo ya se haya tratado en otro título de esta colección y pueda parecer reiterativo para aquellos lectores que han tenido la ocasión de leer «Sangre en la nieve». El tercer capítulo está dedicado a estudiar en detalle las campañas de reclutamiento en Sue­cia, las relaciones y reacciones entre los gobiernos sueco y alemán, las políticas de las SS hacia Suecia y sus planes de creación de un cuerpo europeo de oficiales. Se utilizará mucho material proveniente de archi­vos alemanes y estadounidenses, que jamás ha sido publicado, mos­trando hasta que punto Suecia estuvo a punto de entrar en guerra en el bando alemán en el verano de 1941.

Tras esta primera parte, que sirve a modo de introducción, pero son aspectos esenciales, se podrán seguir las aventuras de los volunta­rios suecos, primero en la primera División internacional de la «Waffen-SS», la «Wiking»: después en la mítica y no menos internacional Divi­sión SS «Nordland», que también ha sido objeto de un detallado estudio en otro título de esta colección, bajo el título de «Raza de vikingos». El destino, muchas veces trágico, de estos escasos voluntarios y espe­cialmente de los que cayeron -siempre los mejores, por desgracia -, se podrá seguir a través de sus relatos, su correspondencia a casa, los documentos rescatados de los archivos. Es casi como reconstruir un rompecabezas, pero el resultado, esperemos, habrá sido satisfactorio.

Su trágico trayecto comienza en los encarnizados combates del verano de 1941 en Ucrania, con sus primeros caídos, sus relaciones con sus camaradas de otros países, que forjarán la hermandad de sangre que fueron las tropas de combate «Waffen SS». La historia continuará con la asistencia cerca de una veintena de suecos a los cursos de formación para oficiales de la «Waffen-SS» en Bad Tölz, la academia europea de cadetes SS en Baviera; las peripecias de los más condecorados y de aquellos que recibieron misiones especiales también serán objeto de nuestra atención. Serán apenas unas decenas los vo­luntarios que seguirán portando el uniforme de la Orden de la Calavera al derrumbarse el Tercer Reich, combatiendo hasta el final, pero allí estaban. La Cancillería de Berlín será defendida también por un puñado de voluntarios suecos junto a combatientes de otras muchas nacionali­dades, entre ellas españoles.

Finalmente, como complemento necesario, he creído conveniente dedicar un capítulo expreso a los voluntarios de las minorías suecas del Báltico. Se trata de una historia absolutamente desconocida e inédi­ta, ya que al menos casi otro centenar largo de voluntarios de las minorías étnicas suecas de Finlandia y Estonia se alistarán en la «Waffen-

SS», aumentando así la lista de voluntarios suecos hasta cerca del medio millar. El destino de la minoría estonio-sueca es especialmente trágico pues tras la invasión soviética fueron deportados a campos de concentración todos aquellos sueco-estonios que no lograron alcanzar las costas suecas en una operación masiva de huida, en la que el gobierno sueco colaboró. Hoy esta antaño floreciente comunidad ya no existe.

Erik Norling Fuengirola,  2002

NOTAS

1 El primer título publicado fue «Viento del Norte. La División SS Nordland, 1943-1945. Epopeya y Muerte» (García Hispan editor, 1990). Siete años más tarde se publicó, por la misma editorial «Raza de Vikingos. La División SS «Nordland» (¡943-1945)». El poner un nuevo título se debió a que no se trataba de una simple reedición, aumentada y corregida, sino de una obra sustantivamente nueva.

2- «Sangre en la nieve. Voluntarios europeos en el Ejército finlandés y las Waffen SS en el Frente de Finlandia (1939-1945)». García Hispan editor, 1996.

3 «De los Fiordos a las Estepas. La Legión SS noruega en el Frente del Este (1941-1943)». García Hispan editor, 2000.

4 Erik Norling tuvo un papel fundamental en la revisión y ampliación del texto de Richard Landwehr «La Estirpe de Thor. El Cuerpo Franco SS danés en la campaña de Rusia (1941-1943)»‘, García Hispan editor, 1992.

5             Siglo XXI editores, Madrid, 1979 (3a edición). Está en la prestigiosa colección «Historia de Europa» de esta editorial.

6             Editado por Alianza Editorial, en su colección Alianza Universidad – serie Historia-, Madrid 1992.

7 La cita aparece en la obra de Angus Konstam, «Poltava 1709» (Ediciones del Prado – Osprey Military, Colección Ejercites y Batallas n° 69, 1992). He seguido la obra de Konstam en la formulación de estos párrafos sobre el periodo carolino, lo que debo hacer constar expresamente.

8 Después de la independencia de Finlandia en 1918. los habitantes de las Islas Aland desencadenaron un movimiento separatista para reintegrarse en Suecia. La Sociedad de Naciones decidió mantener la soberanía finlandesa, sin embargo. Para evitar el aumento del secesionismo, el Gobierno finlandés concedió en 1920 una generosa autonomía, que dotó a las Aland de un parlamento propio. Una convención internacional de 1921 estableció la neutralidad de este territorio.

9 Lo demuestra muy bien el episodio de la separación de Noruega, en 1.905. Los suecos habían arrebatado Noruega a Dinamarca en el marco de las guerras napoleónicas (Dinamarca se quedó con la Noruega insular: las Islas Feroe e Islandia; y Suecia con la Noruega continental). Cuando los noruegos se mostraron reacios a admitir la soberanía sueca, Estocolmo ordenó invadir el país en 1.815. Suecia se consolaba de esta manera de sus pérdidas en el Este, en el Báltico. Se creó así una confederación entre ambos reinos escandinavos que compartían la figura del Rey y un único Ministerio de Asuntos exteriores. Pero los noruegos nunca estuvieron de acuerdo con esta confederación y en 1.905 el parlamento noruego rompió los vínculos dinásticos con Suecia. Este episodio «separatista» de hecho provocó muy poca emoción en una Suecia que ya no parecía dispuesta a ninguna aventura expansionista. El episodio es más significativo si se tiene en cuenta que, por las mismas fechas, eran muchas las naciones europeas dispuestas a lograr el máximo de expansión territorial. La «Gran Rumania», la «Gran Polonia», la «Gran Alemania», la «Gran Serbia», etc., son otros tantos ejemplos de proyectos expansionistas muy próximos en el tiempo a la separación de Noruega de la corona sueca, lo que nos indica que este tipo de pasiones ultranacionalistas, tan extendido en Europa, no tenía en Suecia un caldo de cultivo similar.

10 Quien juzgue todas estas ideas como descabelladas, puede encontrarlas extensa y debidamente argumentadas en la obra de Gregory M. Luebbert, «Liberalismo, fascismo o socialdemocracia. Clases sociales y orígenes políticos de los regímenes de la Europa de entre guerras», Prensas Universitarias de Zaragoza, 1997.

11 Debido al tremendo esfuerzo que suponía dirigir las operaciones en el frente del Este, los alemanes dividieron las competencias operativas sobre sus teatros de operaciones entre el Alto Mando del Ejército (OKH), responsable del frente del Este, y el Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW) competente en todos los demás teatros de operaciones.

12 Verlag Der Freiwillige, Osnabrück, 1965.

13 Considerada el primer conflicto del siglo XX. la agresión del Imperio Británico contra las repúblicas blancas en el cono sur de África (1899-1903), atrajo a millares de voluntarios europeos que combatieron al lado de los colonos contra un ejército superior en número y pertrechos inaugurando una de las características propias de las guerras modernas: el voluntario idealista que se alistó aún a sabiendas de lo desesperado de la situación.

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Erik Norling